Matica



MÁXIMA CAPACIDAD

La suerte nunca me abandonó, siempre sabía que todo estaría bajo control. En Matemática (mi mayor debilidad) necesitaba un milagro para que mi promedio alcanzara el mínimo, casi imposible, enfrentando la geometría del espacio y en el espacio me encontraba yo. Fue ese segundo trabajo práctico el que dispararía mis notas, obteniendo un cien perfecto. Algo que nunca había ocurrido. Fue gracias a mi suerte también. En un sorteo para formar los equipos de dos, me tocó con el primer escalafón a nivel de escuela: era la chica sabía, súper inteligente, estudiosa y competente que todos deseaban tener como compañera. Yo siempre la respeté por su carácter y su madurez adelantada para nuestra edad, era como el ejemplo a seguir de todos. Alta, de piel blanca y cachetes rosados, ojos pardos, vestimentas muy formales, pelo riso y negro, senos grandes y redondos, nalgas no tan grandes pero muy bien paradas, espejuelos permanentes, perfeccionista a morir; al punto de que revalorizaba su noventa y nueve para alcanzar el cien. Nunca nadie le había conocido ningún amorío, ninguno le decía nada por respeto y quizás por miedo.

Quedamos en su casa a las dos del viernes en la tarde, para planificar el desarrollo del trabajo, y así ocurriría. Me abrió la puerta y pasamos a su cuarto, donde se encontraba la mesa de estudio, me sorprendía tanto rosado en su vida, prácticamente todo era de ese color. También me sorprendió verla caminar delante de mí con unos short medios descarados que mostraban la parte inferior de sus nalgas, para rematar la jugada, su blusa era tan fina que marcaba los pezones. Yo entendía que había calor, que estaba en su casa, pero lo que no entendía era que: con su personalidad y sus actitudes tan decentes se vestiría así en frente de un caliente de la vida como yo, un caliente que cuando se trataba de un orificio femenino perdía la cabeza y no se lo pensaba dos veces para empalmar a cualquier chica. Sus padres estaban en casa pero era como si no existieran, nunca los vi, ni los sentí, ni nada por el estilo... Cerró su cuarto con seguro, me explicó par de cosas que nadaban en medio de mi despiste total. Planificamos, repartimos las preguntas para la hora de exponer y nos quedamos hablando, conociéndonos un poco más, tocando el tema de mis noviazgos y demás.

Disimulé un poco mis erecciones continuas, mientras ella hablaba y hablaba, sabía que mi rabo estaba firme pero ignoraba mi descaro. También notó mi mirada enferma llena de suciedad, al contrario de ayudar y mostrar más respeto para despistarme de la perversión, contribuía. Se agachaba por una cosa u otra a cada instante de espaldas a mí, mostrando poco más que los cachetes de sus nalgas; abría sus piernas como un compás enseñando su blúmer justo frente a mis ojazos escarranchados. Casi todo el tiempo con la mitad de sus tetas afuera, en par de ocasiones logré ver algo de la areola. Para rematar, toda enrojecida me pidió buscar una libreta en su gaveta intima. No tan a la vista, rodeado de oscuridad, casi en lo último escondía sus juguetes más enfermos. Regresé con la libreta y se la entregué. Ella con su cara baja clavada en mi portañuela me observó con cara de zorra y me dijo:

- Me sorprende que aún no me beses ni tan siquiera. ¿Qué más tengo que hacer? No entendía nada y respondí:

- ¿Cómo?

- Muchas de mis compañeras me contaron sus historias contigo… A pesar de tu despiste total tienes admiradoras.

- Mi despiste es solo en la escuela.

- Si claro, tienes que prometerme algo.

- ¡Cuéntame!

- Lo que va a pasar en el cuarto, se queda en el cuarto

- Yo nunca habló de mis relaciones, te lo juro, ¡son ellas y los sabes!...

- Sí lo sé, estoy clara – Se me pusieron los cojones en el pescuezo. Ya era mucho descaro y coincidencia, esta chica quería carne y de la gorda, que bueno que me lo dejó caer sino me hubiese quedado ahí vacilando. Lo que me sorprendió fue que se me abriera así. Nunca imaginaria que me asechaba desde esa fachada tan decente. Después de que juré guardar silencio absoluto el ambiente se relajó aún más de lo que estaba.

Me senté con ella, nos dimos par de besitos en plan súper enamorados, como una película de la tele; de las que te duermes a los quince minutos de verla. No sabía lo que podía venir de esta chica: ¿solo sería un beso?, ¿tendríamos sexo?, eran varias preguntas que solo el tiempo y ella se encargarían de responder. Siempre me enredaba con delincuentes, chicas fáciles o zorras, estaba fuera de mi zona de confort. Sin perder la postura recta en su espalda, caminó hacía la gaveta: sacó un consolador enorme y unas bolas chinas negras. Reía al ver mi cara de espanto mientras los ponía sobre la cama. Quería hablar, pero seguro diría un disparate, así que mejor me quedé calladito. Toda su ropa la fue sacando poco a poco; mientras, me miraba con cara de perra, con cara de perra mala, con cara de perra mala que me quería singar durísimo.

Desnudita a la pelota se fue acomodando sobre la cama. Pero la sensualidad con que movía su cuerpo era asombrosa, escupía erotismo puro por sus poros. Se tumbaría por completo de espaldas a mí, poniendo una almohada debajo de su pelvis para levantar más su cola, dejando más al descubierto sus zonas genitales.

Su primer mandato sería: -Dilata con saliva mi culito para poder meter las bolas en él-. Yo, dispuesto a recibir sus órdenes al cien por ciento. Órdenes tan voluptuosas, enfermas y llenas de pecados para ambos. Me arrodillé detrás de sus nalgas, dejando sus muslos dentro de mis pies, bajo todo mi peso. Pasé mi lengua ensopada en saliva, con miedo a los olores raros. Fue todo lo contrario; siendo éste el orificio más agradablemente oloroso que había tenido en mi boca y para rematar tenía un matiz rosa que lo hacía aún más apetecible. Luego de chupar y ablandar su culo por unos minutos, pasé a la introducción de mis dedos. Metiendo la mitad del primer dedo, recibiría la segunda orden: -Después de que me metas tres dedos juntos introduces las bolas, una por una-. Ya esta orden la dijo más relajada, excitada y entre gemidos. No tuvo mucha dificultad la primera bola, ni la segunda, fue hasta la tercera que me tardaría más tiempo debido a su gran tamaño. La fui empujando con mis dedos pulgares, escupía excesivamente toda el área para conseguir mayor deslizamiento y que fuera más excitante para ella en vez de dolorosa. Conseguí con esmero meterlas todas. Se le veía el orificio sobre un grandísimo abultamiento. Me encantaba que se retorciera de goce, sus pequeños suspiros hacían crecer mis testículos, vacilaba con descaro su cuerpo desnudo lleno de infinitas ganas sexuales.

Con el aliento agitado, me anunciaría: -Clávame el consolador en la crica, hasta lo más profundo-. Sus palabras rebuscadas y académicas habían pasado a ser más vulgares e indecentes que las de mi vocabulario. Me sentí extraño y raro cuando tenía el dildo en la mano, la sensación de aguantar un tubo de silicona no era muy agradable para mí. Eran como tres puños de largo, no podía unir mis dedos cuando lo sostuve en la palma de la mano debido a su grosor. Súper gigantesco. Me acomplejaría si lo comparaba con mi pene, que desprestigio. Por fortuna para ella, su órgano femenino era grande: de bembos mayores gordos que no dejaban sobresalir a los menores. Varios vellos finos que se asomaban del monte de Venus. Su matiz rosa era más fuerte que en el culo, debido a toda la hinchazón provocada por la cantidad de volumen que tenía introducido. Su abundante lubricación vaginal entripaba la almohada. En la húmeda entrada presenté el consolador, lo restregué en todo su bollo, lo frotaba verticalmente entre sus labios vaginales embarrándose con sus líquidos resbaladizos. Mi pene se partía de tanta dureza, brotaba líquidos pre seminales, traspasaron mi bóxer y short. La penetré con la punta de la silicona, muy paciente, haciendo mi trabajo de follador más profesional y complaciente. Su respiración, gemidos, palpitaciones y sofoco aumentaban la fuerza, mientras yo aumentaba la introducción del consolador por su crica.

La inserción iba por la mitad cuando no aguanté más las ganas. Me senté frente a su cara, saqué mi tranca bien dura y la agarré por el cuello para empujarla hacía mí diciéndole: -Chúpamela- . No se tuvo que esforzar mucho. Solo tardé segundos para rellenar su garganta de leche espesa: mientras más me corría, más la empujaba hacía mí. Le pedí que se tragara toda mi esperma cuando salían los últimos chorros: -Tómatela toda, no seas malita-. Obedeció mis palabras, como la chica cumplidora que era. Se la saqué de la boca y me dirigí a la posición anterior. Seguía dirigiendo el consolador, escupiendo, dilatando y empujando más adentro. Cuando por fin su vagina dilató lo suficiente para que cupiera aquella grandeza, me dijo que lo sostuviera en firme y que no lo moviera. Pues con el dildo tocando el fondo de su interior, empezó moverse como la cuchilla de un bastidor. Su meneo era fantástico, mientras se apoyaba con las manos y rodillas sobre la cama para empinarse más hacía el aparato. La leche cubría el consolador, goteaba sobre la cama y en mi caso: mi miembro se volvía a endurecer con aquella película. Cuando la voluptuosa se cansó de correrse tantas veces como quiso, me ordenó que le retirara las bolas del culo y le metiera el consolador por el mismo. En mi celebro rondaba una pregunta: ¿Tendría su culo tanta capacidad para tragarse el tubo de goma completo? De ser así, lo estaba a punto de comprobar con mis propias manos. Escupí el orificio, metí la punta de mis dedos para hacer menos cruel la extracción. Ella suspiraba. Yo miraba atentamente, como si de un documental se tratara la retirada de las bolas. Salieron con facilidad, fue mucho menos dificultosa que la entrada.

Asombrado quedé cuando vi el tamaño de su culo, se asemejaba a la boca de un búcaro. El intenso color rojo, en su interior, me recordaban los culos de las actrices en las películas porno. Y no, no permitiría su clausura. En mi mano tenía el gran juguete cubierto de lubricación vaginal y par de gargajos que solté sobre su punta. Lo encajé en su culo hasta la mitad, tan despacio como pude. Sus manos agarraban la sabana destrozando el orden. Le dolía y le gustaba al mismo tiempo. Por mucho tiempo jugué al mete y saca, pero nunca pasó más de la mitad.

Las ideas perversas que me caracterizaban alumbraron mi oscuridad en aquél momento cuando me murmulló: -Trátame como una perra puta. No tengas miedo. Abusa de mi como te salga de la pinga- Regulé el asiento del escritorio hasta pegarlo casi al piso. La arrastré por el pelo como a una esclava encadenada, en cuatro patas la hice gatear como mi perra por el suelo. Con mi mano menos hábil sujetaba el dildo para que no saliera de la oscuridad. La senté sobre el juguete de goma muy cuidadosamente, de frente hacía mí. Por una pata de mi calzoncillo le saqué la pinga y le pedí de forma amable y educada:

-Ahora, abres la boca bien grande, me la singaré con ganas-

Me masturbé con sus labios. Mi mano menos hábil empujaba su hombro hacía abajo, contra el consolador. Era como si le apuñalaran en culo con un inmenso puño. Tenía la eyaculación en la punta, con ganas de liberarlo todo. La fuerza se sumaba sobre su hombro. Se maltrataba el clítoris con sus dedos y su culo se anchaba lentamente. El cosquilleo mostró presencia mientras la rociaba toda la cara. Un delicioso bukkake. Ella reía. Con un ojo medio cerrado debido a un lechazo. Sacaba la lengua para atrapar las gotas que goteaban por los bordes. Se enrojecía la muy profunda, con el consolador metido en su culo por completo.

Para terminar, se fue parando y vacilando como salía embarrado de mierda y saliva el tubo de entre sus nalgas.

Yoel Ignacio García Concepción (Matica) Cabaiguán, Cuba, 1995.