Arístides Vega

La vida en el Túnel

Después de cavar un profundo túnel

me acomodo como si fuese un ave muy pequeña

que solo atina a revolotear su cansancio

sobre la humedad y el silencio.

A cierta distancia del boquete me recibe la penumbra,

posibilidad de no tener que cerrar los ojos

para disfrutar de estar a solas.

Es un decir, estoy rodeado de insectos,

algunos tan metódicos

que ascienden a través de mis pies

a una misma hora.

Fuera del túnel quedó la bandera ondeando

para que no dude el enemigo de que estoy a su espera.

Pienso en mi familia porque es domingo

y no hay nada mejor que ese día

para afiliarse a una rutina.

Una buena parte de mi vida ha transcurrido en un túnel,

aspirando el aire que se acumula en el vacío

del agujero que se alarga más allá de mi cuerpo.

Por lo que estoy acostumbrado

a caminar por una sola senda angosta.

Acostumbrado a prescindir de la familia

y de casi todo lo que pueda mostrarse a ras del horizonte.

Hay momentos que preciso mirar al cielo,

pero en un túnel eso no es posible.

Hay instantes que el cielo regresa con cierta pereza

y se estaciona sobre mí,

en otras se marcha con mi cabeza

y quedo desprovisto de sentimientos

que creía muy profundos..

Son los peores días, los que más me cuesta

enterrar la pala en la tierra

y lograr un boquete,

semejante a una mancha perceptible

sobre el mapa de una ciudad sin linderos,

que la luz revela

para que pueda iniciar un nuevo túnel.

Preparados para la guerra

Herraje en un cuerpo meticulosamente protegido,

vestidura a prueba de las garras de un tigre

o de cualquiera de los otros tantos animales

que el hombre ha entrenado para defenderse

de los otros hombres.

Casco que cubre la cabeza llena de recuerdos

protección certera de los vientos que cortan

con la saña de un arma blanca.

Por sobre el herraje se puede advertir

que los ojos pestañean.

Molestos ante una claridad inusual

para quien anda por acometidas subterráneas,

fosos cavados

como manera de resguardarse ante una acción bélica

que nunca encontró la fecha propicia para ser iniciada

pero que por precaución se repasa cada cierto tiempo.

Necesaria preparación para enfrentar con valor esa guerra,

nos hace coincidir en el claro de un bosque.

Apenas hacen sonar la alarma

convenimos en estar a tono con la contienda,

que hasta hoy solo ha sido cierta en una consigna,

en una pancarta

que ha desfilado en las plazas más enaltecidas,

en los meticulosos informes de alerta ante el adversario.

He tenido un riguroso entrenamiento,

por lo que estoy apto

al menos para el simulacro, posibilitado de deslizarme

sin ser observado, capaz de levantar una barricada,

de hilvanar uno con otro el pecho del enemigo.

Pese a ciertas dudas,

al absurdo dobles que no siempre reconocemos,

y al aterrador vacío con que a veces amanezco

me he comportado a la altura de mi tiempo.

La provincia

No sabría cuidarme de la provincia,

como tampoco escrutar en la noche detenida sobre mí,

como si tuviese la certeza de que en su vientre nada existe.

Me dejo tentar por el peligro de saber

que los bandidos simulan no serlo, bajo otros cielos,

que son como el cielo de uno,

fingen con habilidad el replique de unas campanas,

para anunciar una misa a la que no asisten.

Casi todo se manifiesta de igual manera,

el deslumbramiento por la belleza,

el temor por lo desconocido y la soledad.

En cualquier geografía la lluvia atrae un aire espeso.

Nada corroe más que el ácido

destilado por las provincias del universo,

el duro enjuiciamiento de la provincia. Nada más cruel

que el ojo de la provincia, que el tedio de la provincia,

que el susurro de la provincia.

Lo imposible acontecerá, todos lo saben

aún los que no poseen una lógica del suceso.

Voy dando tumbos a pesar de creerme adherido

como las raíces de un árbol demasiado pequeño.

Soterrando mis pies,

en la tierra húmeda en que nadie reconoce su sombra

ni nada que les recuerde su anterior vida,

logro el equilibrio.

Algo que en límite de estos predios solo me servirá

para andar por una cuerda

que en espera de la posibilidad de incorporarme

se ha enroscado en mi cuello

como queriendo aquilatar el latido de las palabras

antes de que lleguen a mi boca y ganen el fulgor

que precisan las sentencias.

Permanezco sobre la piedra rasguñada por el sol,

en la posición contraria a la corriente de aire,

expuesto a todo comentario

que me señale como un provocador.

Lo conocido por habilidad

Pocas veces me dejo cortar la lengua,

músculo entrenado para no sangrar,

cuando más debilitarse y no es mi caso.

Pocas veces busco al silencio por cómplice.

Aquello de que si callas otorgas

es una manera de mirar de perfil a la verdad.

Aprendí a imponerme desde muy temprano

y nunca más he abandonado el entrenamiento.

Palabras dispuestas con aparente naturalidad,

una detrás de la otra, como balas

proyectadas con excelente puntería,

fieles a la consigna

de que todos debemos saberlo hacer bien.

Sobre las fugaces chispas

del más afable de los fuegos posibles

aprendí del cortejo de los animales,

a fin de cuentas no somos muy diferentes.

Una muchacha me motivó a mirar al fondo

de sus ojos negros

como por si por ellos pasase la noche

camino a ocupar sitio en el límite del cielo.

Una, confesó amarme

y otra, que podía prescindir de mis halagos.

Pero ninguna se ha resistido

a las palabras que escojo con deleite.

Dichas con cierta melosidad

al punto de retener algunas,

las hundo en mi viscosa secreción, las acaricio

con la misma lengua de besar.

Nada resiste mi torrente sanguíneo

revelado a través de las palabras

que descarnan, sanan, adormecen, penetran.

Como si nada detuviese mi torrente fuera de control.

Merezco ser escuchado.

Arístides Vega Chapú (Santa Clara, Cuba, 1962)

Poeta y narrador tiene más de una treintena de libros publicados en varios géneros en editoriales cubanas y de otros países. Sus últimos libros de poesía son: Silueta de los días (2019) y Otros dibujos de Salma (2020), por la Editorial Capiro. Su poemario Puerta de arribo, está a punto de salir por la Editorial Letras Cubanas.