Anisley Miraz Lladosa


Entre el goce universal, un ser afligido…


Enciendo el monitor y oigo el galope

de la noche vibrando al otro lado.

Mi ventana es un abismo hacia la calle.

La lluvia es derrumbe de partículas líquidas

que si no roza la superficie terrestre

no puede ser llamada lluvia, sino virga.

Según la Organización Meteorológica Mundial,

las gotas no tienen forma de lágrimas:

las gotas son esféricas.

Intento escribir mientras gotas esféricas

de aproximadamente 6,35 mm

con una velocidad de 30 km/h,

tratan de aniquilar las metonimias

con que pudiera renombrar a la soledad,

al desencanto, a la mordida del ácaro,

al metatarso caído, a la gastritis crónica,

al éxodo de mí, a los hijos perdidos en la nada,

al código USSD en ejecución

y no poder enviar mensajes cursisa un amante cualquiera,

un email ordinario para congratular a mi padre que vive en un país

donde el día de la independencia y de los muertos,

se celebra con brandy y champiñones…

No poder, no poder por simple que parezca.

Trasnominaciones que el aguacero no permite,

¿o esta rara impresión

de que algo muere afuera y me lo pierdo?

El poema no acaba: el poema no empieza.

Llueve y es fin de semana, fin de fin de siglo, fin del mundo…

Una sensación de que algo pasa,

algo que también tendré que renombrar

mientras intento desoír el piélago que rueda calle abajo,

centrarme en las palabras. Pero, las palabras,

segmentos limitados por junturas morfológicas,

o lo que es lo mismo, asociación de un sentido dado

y un conjunto de sonidos dentro de una función gramatical,

no están cuando las necesito, no alcanzan mi superficie,

así que no son palabras sino… ¿virgas?

Definitivamente las palabras no son esféricas:

tienen forma de lágrimas.



La buena nueva que a todos causa inexplicable miedo…


La adivina siempre miente. Sus naipes no.

Igualmente acudimos a los naipes:

siete de espadas la mayoría,

en blanco la mitad que ella esconde.

Por suerte, la cartomántica

se cortó el anular con un cuchillo,

asestó un golpe de pan contra su mano.

El dedo apareció sangrando.

El cuchillo apareció sangrando.

El pan apareció sangrando.

Por suerte, las cartománticas padecen de miopía,

defecto de refracción del ojo

en el que los rayos de luz paralelos

procedentes del infinito convergen en un punto focal

delante de la retina, en vez de en la retina…

Su signo es hacer fraude,

no saber qué cortan o cercenan.

Siete cuchillos amenazan, siete panes por trozar,

siete lecturas miopes al destino.

Hoy me iba a decir seguramente

que tengo un puente Einsten-Rosen,

un atajo a través del tiempo y el espacio,

dos extremos conectados a una única garganta

a través de la que se desplaza la materia.

Por suerte, nada dijo.

Miro el dedo ensangrentado,

el cuchillo ensangrentado,

el pan y el naipe ensangrentados,

y asumo mi imposibilidad de mí,

mi gran nada…

La adivina pospone nuestra cita.

Afortunadamente nunca señalará

que tengo un agujero,

un sórdido agujero de gusano.

Penetrante hasta el dolor

Todos los días, a la misma hora,

el panadero sopla su silbato frente a mi puerta.

A la misma hora en que el sueño

me tiene agarrada por la nuca, permanezco sumida

en el más absoluto estado de reposo

y mis niveles de actividad,

presión sanguínea y respiración,

están mucho más bajos que los de abuela.

Abuela tiene el sueño ligero.

Sus movimientos oculares “en balancín”

no se pierden cuanto se desliza por la madrugada.

El panadero suena su silbato

y ella ya está sentada tras la puerta

con la moneda exacta dentro del libro de las preces,

esperando la molienda del día.

Todos los días, a la misma hora.

A la misma hora en que padezco

de atonía muscular, de parálisis motora descendente.

Abuela abre la puerta

y cambia cinco pesos por la mitad de un pan.

El panadero modula la mitad

de la misma canción,

sin fallar nunca, sin olvidar la letra.

Es la única persona que afina para ella.

Hoy temo por el día en que abuela

no se siente a hacer tiempo,

a murmurar sus rezos;

que el panadero suene su silbato

y ella no acuda en busca de nuestra media hogaza;

que él no tenga a nadie para cantarle

la pequeña copla de su vigilia

y a partir de ese instante,

yo no despierte más.


Una vela temblorosa en el horizonte…


En la ducha nunca cierro los ojos.

Cerrar los ojos implica

tener que abrirlos súbitamente.

Abrirlos súbitamente es asustarse,

ver algo o alguien

que haya estado escondido tras la gran cortina,

la cortina que parece un mar

y tiene un barco misterioso.

Cuando el agua de la ducha enjuague mi cabeza,

debería dejar que caiga ojos adentro,

que el champú aguijonee

en lo más recóndito de mis pupilas.

Nunca cerrar los ojos: podría asechar

algo o alguien detrás del gran dosel

como ha pasado en esos thrillers

donde la bañera es siempre blanca

y la cresta azul de la cortina envuelve la inmundicia,

el mal que no muestra sus contornos

hasta el exacto punto

en que los ojos virtualmente se abren…

Tales pensamientos me agobian,

pero en verdad el agua de mi baño

está siempre demasiado fría o muy ardiente

y me veo apremiada a congelarme o escaldarme,

y me veo impedida de pensar en otra cosa

que no sea encoger la cortina,

tan común, tan vendida en las tiendas,

con una falsa marina que muestra un horizonte,

detrás de la cual no existe

más que el espejo roto del viejo botiquín.


Óttepel…


Miro el tiempo escapar

en el deshielo de ese haier que nos “donó”

la campaña de superioridad del Gran Tinglado,

y pienso que la revolución pudo ser otra cosa.

Veo que el tiempo no hace arqueos de culpa

ni le importa un carajo el estoicismo, la bandera prohibida,

los refugiados al borde de la línea de fuego,

mientras otro cuerpo físico, otra atma, otra budhi,

desmonta los hielos poderosos,

y el tiempo se escabulle tan lejos como puede

con esa prontitud de escarcha desmembrándose

gota a gota en la nevera nacional,

heroína de la República, hecha de acero como Iósif Stalin,

y pienso que la revolución puede ser otra cosa;

que el derretimiento puede ser conmemorable,

si el tiempo lo permite,

como la política de d e s e s t a l i n i z a c i ó n,

la independencia de los presos de Gulag,

o la avenencia con los imperios occidentales;

que óttepel es más que un término soviético,

un tomo dedicado a Jrushchov por Ilyá Ehrenburg…

Dentro, el enervado pollo no habita en solitario:

está lleno de cruces, miserias y fluxiones,

simulacros de colas sin final.

Hígado casi pútrido, filetes perciformes,

todavía identificables, se reblandecen,

dispensan sus olores profundos

y el excedente de agualeche puesta a fuego muy lento,

producida con polvo de bodega y memorias gastadas,

sigue allí, sigue burlándose de todos

como falacia a fin de cuentas, como timo.

Descongelado el haier: agua por todas partes,

otra maldita circunstancia,

el tiempo que se escapa gota a gota.


Tienda de artículos infantiles…


Del otro lado del cristal, el set:

animales de goma incitando a ser tocados,

a ser definitivamente poseídos…

Nosotros más acá, creyendo aún.

Paquidermo purpúreo…

La ilusión simuló, nos jugó trampas.

Felis silvestris catus color rosa…

Era un acto espontáneo,

un querer-y-pagar sin otros fines.

Anfibio verde-azul...

Sin embargo la culpa sí fue nuestra;

imaginamos que algo podía cambiar,

que no habría más duelo a los caídos…

Anas discors cerúleo.

Confiamos en la perfección de la virtud,

en la utilidad del ser sin negación.

Agnatos cárdeno… Pedimos

uno de cada uno. El embrión crecía,

iba llenando espacios en mi hermana,

y a través de su ombligo podía pretender…

Quiero todos: el elefante, el gato,

la rana, el pato, el pez...

Daría escuetamente esos nombres

a aquellos juguetes de mucílago,

pequeños artificios de la infancia.

Era simple, ¡tan simple!

No había que reconquistar el sistema planetario,

descifrar las tablillas acadias,

levantar otro muro en el Bloque del Este.

No vivíamos la época micénica,

ni la Organización Mundial de la Salud

tenía que lanzar un ultimátum;

solo un querer-comprar sin disyuntivas…

Pero rió la vendedora y cada kilogramo de carne

cayó en el mostrador, diagonalmente.

Solo uno, un artículo por feto, dijo,

estribada en el semblante de mi hermana,

perforándonos... Y la niña dentro de mi hermana

lloró a través del cordón umbilical:

ya la ataban de ojos y de arterias,

la condenaban a ser fragmento-pieza-un trozo más.

Rió la vendedora y desprendió del talonario

la palabra juguete

como si nos hubiese librado del Tercer Reich,

como si hubiese hecho un descubrimiento en el Valle del Rin,

como si acabara de inventar la vacuna del ántrax.

Y aún preguntó si nos quedaban dudas.


Impossibilium nulla obligatio est…


Cuando el diente de mi sobrina

choca contra el metal de su cacillo

pienso en tener un hijo,

un patriarca futuro, me digo, un anarquista.

Es como rasguear poemas coloquiales,

yo que escribía rebuscadas metáforas,

y me asustaban las matrices abiertas,

los solitarios claustros.

Ahora que en esa onza de leche pesco hormigas

con anzuelos de mi propio idealismo

frente a los musicales infantiles,

sería dichosa si al fin tuviese un hijo,

un insurgente, digo, un sedicioso,

un sabio trasmutado, un swami, digo,

yo que no renuncio a morir en metonimias,

ni me arrepiento del dolor que me hace

parir folios troceados...

Cuando la niña tiene sed adivino que el jugo de naranja

no se parece a la sangre del tigre en el poema,

no se cuaja por una despedida, no coagula los miedos…

Cuando extravía sus muñecas

siento que debo tener un descendiente

que no se pierda nunca en el camino al Tíber,

que no sumerja los pulgares en el dique sin fin,

que me dispense el tiempo vacío tras las páginas.

Mientras crece esa niña, escribo poemas

donde un hombre-cadáver me hace el amor,

me fabrica un apéndice.

Pero lo cierto es que de mi vientre

siguen naciendo versos, siguen creciendo hernias.


Anisley Miraz Lladosa (Cienfuegos, Cuba 1981)

Narradora, poeta y artista de la plástica. Egresada del Centro Onelio J. Cardoso, curso 2014.

Graduada de Diseño Gráfico en la Academia de Artes Plásticas “Oscar Fernández Morera”, Trinidad.