Rafael Vilches Proenza

Capítulo 97

A un costado de la tarima, donde alguna vez tocaban y cantaban orquestas y solistas, había una aglomeración. Se había congregado un nutrido grupo de curiosos alrededor de las tres personas recién llegadas.

—¿Cuál es la plástica? —pregunta Fidel.

—Aquella —señala Tony—, ¿no ves que es ella la que aparece en el papel?

Los otros dos están vestidos de policías.

—Y dónde están los otros… —indaga Fidel.

—Míralos, son los vestidos de policías, la muchacha y el muchacho aquel.

—No jodas, esos son guarapitos…

—Que no, esos no son guarapitos de verdad, es la otra actriz y un actor disfrazados. ¿Eres ciego? —dijo uno detrás de ellos.

Los policías de verdad hacen un montón apartado del tumulto. No se mueven. No saben qué pasa, parecen tener miedo a actuar sin orden de un superior.

La mujer plástica sube a la tribuna y suelta una paloma blanca que da varias vueltas en el aire. Los policías la miran con desconfianza. La gente se aglomera alrededor de la tarima. La paloma planea sobre las cabezas asistentes y baja a posarse en el hombro a la muchacha vestida de militar con grados de comandante en jefe. Tania, la artista de la plástica, toma el micrófono.

Pegadas a la plataforma están Eva, Daysi y Pancho, llevan un girasol en las manos.

Un poco más allá también se encuentran Delia, Evelin, Mireya, Yoleidis y su padre que ha ido a reunírseles. Alfredo y el actor aprietan sus girasoles más alejados del montón. Romoildo mira desde lejos con desconfianza.

—Yo, Tania Bruguera, artista cubana de las artes plásticas, he viajado desde el extranjero para con esta acción reivindicar la libertad de expresión de los ciudadanos dentro de la Isla —dijo sin miedo.

—Esto parece un disparate, pero no lo es —comenta Angélico.

—El que quiera subir puede hablar un minuto en libertad. Vengan, no teman, digan lo que piensan, lo que sienten, lo que padecen, desahóguense. Protesten. Esta es su oportunidad.

—¿Y qué vamos a decir? —pregunta uno y se hace un silencio.

—Cualquiera de ustedes puede subir y decir en libertad lo que quiera, todo lo que le moleste —dijo ella.

Nadie se atreve.

—Eso es contrarrevolución —dijo Romoildo.

—Esa mujer está loca, seguro se escapó de Mazorra —dice bajito Fidel—. ¿Quiere que la maten? ¿O que nos jodan?

—Estos son mis amigos actores, él va a medir el tiempo de los oradores en el micrófono, ella permanecerá con la paloma blanca en su hombro, tal y como se posó aquella otra en los hombros del tirano Fidel Castro, en enero de 1959, ésta paloma, como aquella, está entrenada. Pero lo del 59 fue una farsa…

Los policías se acercan, empiezan a separar a la gente con sus bastones.

Pancho hace fotos con su cámara y agita su girasol. Eva y Daysi decididas avanzan hacia la tribuna, enarbolan los girasoles como si fuesen banderitas cubanas.

Los policías empujan a la gente que se desparrama murmuradora.

Los muchachos van a subir a la tribuna. Romoildo los detiene:

—Ustedes quietecitos ahí, que los tengo controlados, no van a subirse en ninguna parte, y silencio si no quieren ir a parar a otro campo de concentración —dice resuelto y le mete un manotazo a Pancho, que asegura su girasol, pero la cámara fotográfica rueda y uno de los guarapitos la destruye con su zapato. Enseguida llegan las maquinitas chillando gomas, sonando sirenas. Rodean la plaza. Detrás llegan camiones cargados de policías, soldados Boinas Negras, con ellos vienen muchachos y muchachas con pulóveres blancos, pantalones azules y botas. Van directo a arrancar los afiches de las paredes. Pancho filma todo con su celular. Los Boinas Negras le gritan a la artista: ¡No te muevas, coño, no te atrevas a decir na, si abres esa bocaza eres hombre muerto, los liquidamos aquí a los tres y no los pagamos, por payasos!

—¿Hombre muerto?, pero si ella es una mujer —dice Angélico sujeto al hombro de Danilo.

—Claro, para esas bestias con cabeza prieta los contrarrevolucionarios todos son hombres... —aclara Pancho sin dejar de filmar.

—Están detenidos por provocar a la Seguridad del Estado y promover disturbios públicos —dice un policía que parece el jefe—. Ahora se van con nosotros, partía de payasos. Sabemos que la CÍA los reclutó, mercenarios del imperio, venimos detrás de ustedes desde La Habana.

Retuercen los brazos de los artistas como si fueran de goma y los esposan. Los meten a fuerza de empujones en las máquinas policiales.

—Vivan los Derechos Humanos. Libertad para la Libertad de Expresión en Cuba… —grita la Bruguera desde el asiento trasero de la maquinita.

Los carros salen con sus sirenas como si fueran carros de carrera.

—Huy, ¡abusivos que son! —grita alto Angélico, que parece haber entrado en pánico.

—¡Abusadores! —dice Socorro.

—¿De veras se los llevan presos? —pregunta Madeleine.

—Sí. ¿Tú eres ciega? —dice Mireya a su lado.

—¿Para dónde se los llevarán? —se interesa Arístides con Yoleidis de la mano.

—Será para La Habana —dice Eva.

Pancho sigue filmando, parece un camarógrafo que rueda su primera película en la comunidad.

—¿Labana? —pregunta Toña enderezándose la visera de la gorra.

—Sí, La Habana. Por ese rumbo cogieron.

—¿Y cómo sabes que es pallá, Ovejo?

—¿Eres bruta, Toña?, de allá vino la plástica con sus actores, y de allá mismo vinieron to esos policías, ¿o eres sorda?, y además ciega.

La patrulla de los Boinas Negras sigue parqueada al lado de la tarima. Varios policías se golpean las manos con sus fustas. Los gritos comienzan a salir: ¡Abusadores!, ¡Hijoeputas!, ¡perros asesinos!¡Abajo Fidel!, ¡Abajo Raúl!, ¡Abajo Díaz-Canel!, ¡Abajo la dictadura!

—¡So vende patria! —grita Romoildo a Pancho—. ¡So quinta columnas!

Una lluvia fina aplaca el polvo que levanta la batahola. Las mujeres empuñan sus girasoles y los agitan en lo alto. Romoildo le tumba el teléfono a Pancho y le da el primer puñetazo, el proyeccionista rueda por la plaza y permanece aturdido sin saber de dónde vino el golpe. Romoildo rompe a patadas el celular de Pancho, despedaza el girasol y grita enardecido: ¡Patria o muerte venceremos! ¿Patria o muerte?

—¡El coño e la madre! —gritó Delia. Daysi y Eva se enrolaron con Romoildo y se lo comieron a taconazos. Los girasoles iban soltando los pétalos en la cabeza del turbinero. ¡Chivato e mierda!, le gritaban. ¡Degenerao! La trifulca crecía.

Los policías vociferaban, daban garrote por costillas y piernas, patadas por el trasero, sus puños de hierro se hundían en las barrigas, golpeaban cabezas, brazos, piernas. Despedazaban los girasoles.

Los huelguistas goteaban como pollos, y como Pancho, se volvían a poner de pie. A algunos los tiraban en las camas de los camiones como sacos llenos de papas.

—Ahí va otro gusano —decían.

Una voz fañosa sale del altoparlante de la patrulla:

—Pa que sean testigos de la buena fe del gobierno cubano, esta semana le daremos una fiesta, celebraremos la heroica conducta de este pueblo aguerrido. La fiesta se hará en el cabaret de esta comunidad, la primera de obreros y campesinos en América Latina, inaugurada por el invicto Comandante en Jefe en mayo de 1970. Además, les mandaremos un termo de cerveza y trataremos de traerles al cantautor Raúl Torres, al duo Buena fe y al trovador Silvio Rodríguez, esos sí que son compatriotas políticamente correctos, dignos hijos de la revolución. Y pa que lo sepan los nacidos y los que están por nacer, las agencias de prensa internacionales y los periodistas extranjeros aquí presentes: esto es una victoria del pueblo aguerrido y revolucionario. ¡Viva Cuba! ¡Viva Fidel! ¡Viva la revolución! ¡La calle es para los revolucionarios! —agrega y da la orden de partir.

—Vaya, le debemos la fiesta a Tania la guerrillera —dice Tony rascándose la entrepierna.

—No, qué va, a esa la mataron en Bolivia por andar loca detrás del Che —dijo Angélico—. Esta es Tania Bruguera.

—Estas cosas solo pasan en este país. Esto parece una película de ciencia ficción —dice Fidel—. ¿Tú sabes lo que es callar al pueblo a fuerza de golpes?

—Si al menos fuera Pablo Milanés que es un hombre y canta como un Dios, pero esos lamebotas que le vayan a cantar a la madre del presidente si quieren —dice Pancho limpiándose la sangre de la boca.

—Pan, cerveza y circo —dice Alfredo—. Eso hacen los dictadores.

—Nos lo merecemos por pendejos —dice Eva.



Rafael Vilches Proenza (El Cero de Las 1009, 10 de diciembre, 1965, Cuba).

Escritor independiente. Lic. en Artes Plásticas. Premio de Narrativa Reinaldo Arenas 2020; Mención en el Premio Nacional de Literatura Independiente “Gastón Baquero” desde su primera edición, 2014; Mención en el Premio Internacional Nósside Caribe, Italia, 2005; Premio Nacional Poesía La Enorme Hoguera, 2006 por A ambos lados la sombra; Premio Nacional Amor Varadero Poesía, 2014 por Las noches; Mención en el Premio Nacional Poesía UNEAC Julián del Casal, 2007 por Erial de Dios. Otros libros y premios del autor: Dura silueta, la Luna, Ediciones Bayamo, 2003; El único hombre, Ediciones Orto, Manzanillo, 2005 (Premio Nacional Poesía Manuel Navarro Luna, 2004); Trazado en el polvo, Ediciones Holguín, 2006 (Premio Nacional Poesía De la Ciudad, 2005); Tiro de gracia, Ediciones Holguín, 2010 (Premio Nacional Poesía Centenario de Emilio Ballagas, UNEAC, 2008); País de fondo, Ediciones Orto, Manzanillo, 2011 (Premio Nacional Poesía Manuel Navarro Luna, 2010); Lunaciones, Editorial Independiente LetrAbierta, La Habana, 2012, Editorial Primigenios, Estados Unidos de América, 2020; Café Amargo, 2014, Library Editores y Neo Club Ediciones, Estados Unidos de América; La luna entre nosotros, Neo Club Ediciones, Estados Unidos de América, 2019 (Premio Poesía Dulce María Loynaz, 2018); Ángeles Desamparados, Ediciones Bayamo, Cuba, 2001; Editorial El Barco Ebrio, España, 2012; Neo Club Ediciones, Estados Unidos de América, 2016; Antología de la poesía Oral-Traumática y Cósmica de Rafael Vilches Proenza, Frente de Afirmación Hispanista, México, 2019; Inquisición roja, Ilíada Ediciones, 2019; Dulce café, Editorial Primigenios, Estados Unidos de América, 2020. Sus textos se han publicado en España, Italia, New Zealand, Alemania, Puerto Rico, México, Honduras, Brasil, Chile, Canadá, Argentina, EEUU y Cuba.