Oscar G. Otazo

LA ANGUSTIA DE SARLO EVANS


Y el maestro lo miró y le dijo:—No es más que una repetición de esta vida la de los próximos porvenires. Los de esta civilización estarán en los del futuro y la angustia de los que ahora se sorprenden ya le ha correspondido a los que apenas han nacido y están en ti. Said Al Quittad: El libro de las horas



Sencillamente, no lo supe —me dijo Sarlo Evans, aquel domingo, cuando le pregunté qué le había pasado—; empezó con un zumbido en la cabeza, sentí una voz y me vi en un camino largo lleno de urnas negras; después, estaba ella.

Tratándose de Sarlo Evans podía ser cosa de un ardid para soltar los perros en alguna novela, como nos tenía acostumbrados; pero esa mañana, cuando salí de casa, no tenía la seguridad de que en su vida ya había obrado el cambio. Recuerdo que me recibió el doctor Benjamín, un hombre grueso, canoso, entrado en los cincuenta y con los ojos de águila vieja, quien, al notar mi confusión, sentenció autoritario:

—Haga lo posible por no forzarlo.

Para reforzar el aura del sanatorio, pregunté si en realidad Sarlo estaba ausente. No me respondió: se llevó las manos a la espalda y se alejó.

Me quedé solo, en el pasillo, sin saber hacia dónde dirigirme advirtiendo la imagen de las paredes que se proyectaba en los cristales.

Durante ese tiempo tuve la sensación de que estaba en una sucursal del Paraíso: todo blanco; pulcros los cristales; inmenso. Hacia todas partes el silencio remataba una atmósfera de claustro que sentí tan distante y, a la vez, cercana, al extremo de pensar que, en lugar de mi amigo Evans, era yo quien confluía en este universo de tranquila desesperación y que a mí era a quien estaban por visitar.

Al cabo de un rato se presentó el doctor Sack y me mandó a seguirlo. Era un joven vestido de blanco; tenía el pelo negro, los ojos y la respiración de tuberculoso. La certeza de que estaba en un infierno blanco se constató cuando se detuvo el elevador y, en lugar de ascender varios pisos, descendimos.

En el instante en que la puerta se abrió y vi a una monja de unos cincuenta y tantos años, con la cara chata y los ojos miopes escondidos detrás de unos espejuelos con marco de oro, ignoraba que aquel lugar le perteneciera a la realidad; pero al ver la escalera circular que

ascendía, pensé: Es como si fuera una variación de Dante.

La monja se tocó el crucifijo y preguntó qué deseábamos:

—Busco al señor Evans —dije.

Miró a Sack; luego hacia el corredor que se abría detrás de ella y se mezclaba con una luminosidad confusa hasta topar con una compacta penumbra de fondo.

Sack sacó las manos de los bolsillos:

—Estamos aquí por orden del doctor Benjamín, habla.

Me miró durante unos segundos, hasta que me dijo:

—Vamos.

El joven quiso seguirnos, pero ella cortó sus intenciones con un gesto de desprecio:

—Aquí no están tus locos.

Cuando llegamos frente a una puerta de hierro, buscó en los hábitos, extrajo una llave y abrió.

Mi amigo siempre había sido propenso al sentimentalismo. Mucho antes de conocerlo, sabía de sus temporadas de ángeles y de demonios; de los simulacros de personajes a los que gustaba imitar. Me molestaba creer que su internamiento fuera una estratagema espiritual para desarrollar su intelecto. Otra cosa fue cuando lo vi sentado en la esquina de la cama, con la mirada fija en un rincón.

Aún en su adultez era un hombre hermoso. A sus cuarenta años se había acentuado su parecido con Butler Yeats; pero ese domingo estaba demacrado; tenía los ojos hundidos y arqueaba los dedos de una manera insegura. En su rostro había un aire de circunspección propio de quienes se dedican a la contemplación y al abandono.

—Todo aquí tiene un orden, pero esta gente no se da cuenta de que arriba es como abajo —dijo sin volverse.

Mi visita no se trataba de filosofías: le extendí la mano y pregunté cómo se encontraba.

—Voy por el pasadizo. Si no estás ciego, arriba es parte de la razón; aquí todo es cuestión de la fe.

La monja me llamó a un lado:

—Estos no saben cuándo tienen que ponerse del lado de Dios; pero, si te ven con dudas, te echan garra y te zampuzan para el chiquero. Sea dominante.

Después hizo la señal de la cruz, cerró la puerta y salió.

Desconcertado, me desanudé la corbata y me senté:

—Por lo menos aquí te sobra la calma.

Realizó una suerte de pase con la mano:

—¿Aquí? Aquí no hay nada…

Un sollozo cortó las intenciones de seguir hablando. Jamás lo había visto llorar; ni siquiera cuando murieron sus padres en aquel accidente en Austria. El dolor redime al autor, había dicho durante el entierro. Viéndolo llorar en silencio, con el mentón erguido, los ojos sin verme, comprendí cuánto había de dignidad en su llanto.

—Al menos descansas por un tiempo; luego sales y quien quita si nos largamos al bar del Chicano —traté de consolarlo.

Realizó otro movimiento de pase. Mientras lo vi hacerlo sentí que la habitación se volvía más oscura, como si el dolor se desatara y pasara de un lado. Le hablé sobre alguno de los amigos que se preocupaban por él.

—Ahora ya sé que estaba allí, y que me espera, ¿sabes?

En el precario énfasis de sus gestos, comprendí que hablaba con un interlocutor ausente.

—¿Quién?

—Alma, estoy hablando de Alma —sus ojos tenían la obsesión de los lunáticos.

Sarlo siempre había sido un hombre rebelde. Como literato creía que el amor era una adversidad del intelecto y representaba a los hombres en su forma más animal y rudimentaria. Sin embargo, comprendía que la literatura era el centro al que había llegado por ofrecimiento. Para conquistarla, enfatizaba, estábamos obligados a segarla como los druidas cortaban el muérdago y ofrecían a la naturaleza dos toros blancos en la noche como holocausto. Para su conciencia, el amor representaba a esos toros, límpidos y tributarios.

Traté de congraciarme, le dije que seguramente la había conocido en la calle y luego se la había llevado al salón de Madame Jesuit; después de unas copas, todo fue llegar al cuarto de rojo ¿eh? Permaneció en el silencio; intenté enmendar la indiscreción; le pregunté por la mujer, si había sido ocasional, quería decir, o fue algo serio.

Realizó otro pase.

Me resultaba paradójico seguir a su lado sin lograr un acto que alejara al hombre y acercara al amigo.

—Si quieres voy, le hablo y asunto terminado.

—Eso ya no es posible.

—Si está en la ciudad, ¿por qué no?

Se escondió en una mueca de desgano.

—Todo este tiempo ha estado aquí, pero, al final, todos los hombres no son más que un espejismo, hasta tú.

Seguía sin entender de quién demonios hablaba y por qué lo había dejado así.

—Al menos déjame saber cómo es y qué diablos te hizo para que cayeras en esto.

Golpeteó sobre la mesa varias veces con la punta de los dedos:

—No podía, estaba muerta.

Por un instante, tuve la primera certeza de que el delirio era el centro de una fantasía que atentaba contra su razón.

—Imagino que habrá sido en otra vida, ¿no? En esta ya estar muerto es más que salir a la calle. Ahí tienes a los del tranvía: ni pagando cien paraísos logran poner orden a todo este caos.

Me pidió un cigarro. No sabía que fumaba, pero se lo di.

Cuando lo encendió y soltó una nube de humo me pareció que, detrás de esos gestos de paciencia y la apagada compostura, estaba de regreso aquel hombre culto, dado a la meditación y también cercano a la soledad y a la locura. Hoy, ahora, sé que me acorraló un sentimiento de culpa y me llevó a acercarme, a apretarle un hombro y a preguntarle, con más dolor que paciencia, qué diablos le pasaba.

—No sé, iba por la calle y algo se me metió en la cabeza; luego me vi en la funeraria, hasta que llegué a la capilla.

Fue la segunda certeza: lo supe por su voz que ya era como sus ojos. Pregunté de cuál funeraria hablaba.

—La de Ruiz y Calzada, en el este.

—¿Cuándo había sido eso?

Le dio una última chupada al cigarro y lo aplastó contra la superficie de la mesa.

—El día de la charla.

Recuerdo que había sido el día de la controversia con el profesor Blanqui. Frente al auditorio, Sarlo había categorizado su resolución a no aceptar teorías sobre el tiempo. Aquella ocasión, apoyándose en una mueca de sorna, había dicho: «Si me vas a regresar del tiempo, pues que me quiten los golondrinos cuando vuelva». Blanqui arguyó que todos los seres humanos eran eternos en cada segundo de su existencia. Sarlo no comprendía que se hablara todavía de esa estupidez del eterno retorno: «Cuando vuelvas en uno de esos mundos, me traes un paraguas». Ahora, viéndolo en silencio, necesitaba un indicio que me permitiera demostrarle mi confianza y le pregunté cómo era.

—Un viejo loco y barbudo.

A Blanqui lo conocía, dije; a ella, hablaba de ella.

—Nada del otro mundo.

—Me refiero a que si tenía algo que llamara la atención, un signo.

No sé, tú sabes, esas cosas, tú eres el que la vio.

—¿Qué puede tener alguien que se muere? Estaba muerta, ¿qué más?

Seguía incomodándome su delirio:

—Por lo menos algo serio para que te haya puesto así.

Me pidió otro cigarrillo y lo encendió:

—Ya te dije, nada del otro mundo: una cara seria, ni fea ni hermosa, solo seria. No sé, no pude hablarle.

Sarlo era un hombre de la realidad, pero aquellas palabras ensordecían las mías.

—Hablas como si estuviera viva.

Soltó una leve bocanada:

—No, hablo de alguien que amo.

Las palabras de la monja se fijaron en mi cabeza. Me levanté de golpe y lo encaré callado. Nadie podía enamorarse de algo no vivo; mucho menos, dejar el mundo atrás y quedar confinado en una mazmorra para locos y soltar los perros diciendo que se había encontrado en una funeraria y se había enamorado de aquello y ahora estaba allí, sin importarle el resto de su realidad. Si había una razón era que ya lo habíamos perdido. En nombre de esa razón, le dije que nadie podía enamorarse de algo como eso.

Sarlo me miró con rabia:

—Alma, ya te dije que su nombre es Alma.

Fue suficiente para llegar a la verdad; para asimilar la certeza de la monja y entender que mi amigo vivía la alucinación de un tiempo en el que convivían el hombre solo y el demente.

Me alejé; desconcertado subrayé, Nadie (esto lo dije con énfasis y rabia), nadie podía enamorarse de eso y todavía menos de un nombre.

Mi malhumor creció cuando lo vi sonreír y decirme:

—Al menos, alguien que no sea un loco, ¿no?

Días después comprendería que no se trató de la confianza; si algo terminó por colmarme fue saber que mi entendimiento se había desbordado y que, dos personas de diferentes naturalezas convivían en un espacio habilitado para una sola. ¿Acaso podía darle crédito a un loco? Recordé al doctor Benjamín; apelé al suficiente trabajo en casa y le deseé un buen día. Antes de salir, me apuntó con un dedo y dijo:

Nadie es una palabra un poco grande.

En el elevador volví a sentir el mismo sobrepeso espiritual, la misma opresión en el centro del pecho. El doctor Benjamín me esperaba en la superficie. En su rostro estaba retratado el desencanto. A su pregunta de cómo me había ido, no le hablé: negué con la cabeza y seguí por un largo pasillo de luz que me dejó cerca de la entrada. Mientras salía del hospital volví a pensar en mi amigo. Esa vez tuve la certeza de que ya no lo volvería a ver.

Durante la noche no me abandonó la imagen de Sarlo ni dejé de verlo concentrado en un punto de la pared, con los ojos agradecidos y la expresión de angustia. En todo ese tiempo, aquellas imágenes adquirieron un sentido de la conciencia que rayó en la obsesión y la angustia.

Escasamente, hacia las primeras horas de la madrugada, concilié el sueño. Para desgracia, las imágenes persistían. Cuando me convencí de que no dormiría, me fui del cuarto.

En la sala de poco sirvió la lectura, la meditación o los somníferos: la ansiedad me desolaba y no podía resistirme al recuerdo. Era como si hubiera enfermado; como si yo sintiera ese pesar del que ya nadie podía alejarme.

Al otro día, en el instituto, no me sentí mejor. Apenas pude concentrarme en las charlas de primera hora y en las reuniones de análisis del claustro y en todas las burocracias que nos mantenían cercanamente dispersos. Para colmo, tuve que festejar las digresiones de uno de mis alumnos, quien, al verme turbado, no lo pasó por alto. «El profesor está dormido como un gigante implacable», dijo. Era un inútil, y lo miré demostrándole cuánto podía significar un hombre sin nombre.

Por la tarde, en mi oficina, traté de conciliar mi desánimo. Por más que me sobrepuse, la angustia me regresaba al día de la visita. Entre esas imágenes estaba él, persistía y se cruzaba de perfil; se presentaba de frente, serio, perdido. En todas, yo sentía que su desazón me acorralaba; que sus ojos miraban a través de los míos; que, a mí alrededor, se concentraba una oscuridad que, cada vez, se volvía más viva y diurna. Al final de la tarde, el instituto me pareció aquel antro donde estaba recluido mi amigo. Salí cerca del anochecer. En casa, tomé un baño y me acosté.

Dos días después, en la mañana, cuando supe que había muerto, perdí el sentido de la realidad y me hundí en la desesperación, cegado por la impotencia, con la imagen fija de aquel rostro ya desfigurado por la solemnidad de la muerte. Cuánto tiempo permanecí así, no lo sé: había caído en una suerte de fugacidad en la que me descubrí mirándole el rostro al joven mensajero ya corregido por la imagen de mi amigo.

Cuando el joven me sostuvo por un brazo y preguntó si me sentía bien, la realidad volvió a sacudirme. Entonces lo supe: mi amigo había muerto, y solo atiné a preguntar cuándo sería el entierro:

—Mañana a las dos; primero lo llevan a la capilla de la Iglesia del Santo Padre.

Sarlo era ateo y anarquista. Ese aliento absorbía la mayoría de su obra. Ni Dios ni el Estado adquirían en su pensamiento otro estadio que no fuera la anulación. ¿Por qué diablos tenía que caer en las redes divinas?

En mi cuarto, cada hora de ese día fue como un tiempo sin tiempo, una realidad irreal, un vacío lleno de vacíos y rumores silenciosos por donde yo naufragaba hacia un mundo al que nada más podía agregarle porque el mundo era inevitablemente un absurdo.

Cerca de las tres el sonido del tranvía me sacó del ensueño. Por más que lo evitara o me impusiera dejar a un lado ese pensamiento, su imagen persistía en mi conciencia y me arrastraba hacia aquella tarde y me involucraba con cada gesto. Me levanté; tenía hambre y encendí un cigarro. Seguía desanimado, me fui a la sala, puse la radio.

La música no logró relajarme; la soledad allanaba mis pensamientos; por cada recodo de la sala, los objetos, los retratos, las paredes aparecían borrosas, como si todo fuera visto detrás de unos ojos de nostalgia que nada tenían que ver con los míos. Nada en ese mundo lograba animarme y decidí, aunque no era costumbre, salir a la calle.

Afuera, tampoco pude salir del abatimiento. Cada edificio me resultaba un gesto suyo; cada calle recordaba sus expresiones; cada expresión saltaba del tiempo y se apoderaba de una circunstancia en la que nosotros, los vivos, existíamos proyectados por un mero acto suyo del otro lado de la muerte. Parecía que la ciudad estuviera sitiada por su persona y, con su muerte, terminara por influenciar mi realidad y me hundiera en el pasado de la suya. Regresé con las primeras horas del amanecer. No tenía sueño, y me quedé tumbado en el sofá.

Nunca me había parecido que fuera a sorprenderme mi propia casa; pero, mirando el cielorraso, concentrado en la imagen de Sarlo, mi casa me resultaba el calco de aquella ciudad y aquella noche que yo no sentía por mi cuerpo, sino que advertía por otros ojos, por otro estado de conciencia, a través de otras emociones dentro de las mías. Juro que no pensaba en el nombre de la mujer ni en las circunstancias de la locura de Sarlo ni mucho menos en la obsesión que lo aquejaba. Si tenía algo claro era que su muerte se correspondía con un destino, y así lo representaba.

La mañana siguiente amaneció lloviendo. Mientras miraba la lluvia, no podía evitar la imagen de un ataúd entrando a una tumba. No sé por qué esa doble asociación del cadáver y la lluvia me provocaba desconcierto. Hacia las doce dejó de llover. Yo detestaba la iglesia y descarté la idea de pasar por la capilla y compartir un trecho del tiempo que le restaba en el mundo físico a mi amigo.

En el cementerio, además de la monja y dos sepultureros no había nadie más. No sé si se trató de indignación, desprecio o sencillamente de saberme solo y sentir que un hombre moría de la misma manera en que vivía, pero, escuchando los rezos, experimenté una doble rabia por el mundo y los hombres que no comprendían que, en lugar de sepultar al dios, estábamos sepultando al hombre. Un tiempo después, la losa terminó de separarnos. De regreso, mientras caminaba entre las tumbas, por primera vez, tuve conciencia de que era jueves.

El resto de la tarde me quedé en mi cuarto. Pasadas las ocho, para atenuar la soledad, me fui a la biblioteca. Ni los libros ni el orden riguroso de los estantes ni la obra que, en días anteriores, me había despertado el frenesí, evitaron que lo recordara. Esa atmósfera me obligaba a evocarlo más, a sentir que el mundo empezaba a correr en sentido contrario; a creer que el sol podía ser desmontado y que la tarde se acorralaba en su distancia como un resuelto paciente anestesiado por las horas violentas de la vida y de la muerte, porque Sarlo ya no estaba.

El viernes volvió a llover en la mañana. Me sentía cansado y no atiné a levantarme ni a comer ni a hacer nada más que no fuera estar en cama escuchando cómo la lluvia al caer acentuaba en mi imaginación el paso de mi amigo hacia la muerte. Viendo las torres cónicas del Bynnon Center, sentí la viva tristeza por una civilización detenida bajo el furor del agua. Fue en ese momento que surgió la idea. Entonces mencioné su nombre: Alma. Luego, me dije: «Imbécil». Me levanté y me acerqué a la ventana.

Durante un rato intenté que mi voluntad no cediera a los desatinos de la conciencia. Me dije: «Sarlo está muerto y ninguna imagen puede devolverlo»; pero me supe absorbido por otra afiliación más poderosa: la imagen de su rostro.

La contrariedad me frenó de golpe. ¿Cómo diablos podía pensar en la posibilidad de hallar su casa? Para mitigar los impulsos, saqué una de las botellas que guardaba en la vitrina y bebí el resto de la tarde hasta sentirme borracho, lejos de la realidad y el presente.

Al otro día el nombre de la mujer no se apartó de mis pensamientos. Mientras más intentaba persuadirme, más fuerte surgía la idea de hallarla, conocer su rostro, sentirla cerca. Instintivamente me sentía poseído por una espiritualidad ajena que me servía de acicate para respirar y apartarme del dolor reciente.

Durante la noche la casa me resultó fría y monstruosa. Hasta ese instante, mi desesperación no lo había concebido así; pero cuando lo advertí, comprendí que la casa me apartaba de mis propósitos; que cada barrera mental me aislaba de llegar a su silencio, rozar sus expresiones, agradecerle por una belleza igualmente milagrosa e invisible.

Sé que salí y vagué por las calles; seguí por los puentes; caminé desesperado; me obsesioné con su nombre y el rostro que le correspondía a ese nombre. Sé que mi imagen era reflejada por los espejos como una sombra. Por cada rastro que presumía encontrar, alimentaba mi desesperación por seguir, atravesar las avenidas, cruzar aquella realidad que, cada vez más, se disolvía entre la penumbra de una ciudad abarrotada por el esplendor y mi convicción de que ya nada en el mundo me haría estar cerca de los hombres.

Hacia las primeras horas de la madrugada, las fuerzas me abandonaron y terminé por desplomarme. Unos jóvenes me ayudaron a levantar y me trasladaron hacia un banco. No sabía dónde me encontraba y, después de agradecerles, quedarme solo y contemplar un rato los alrededores, supe que me encontraba en un parque. No hubo otro azar porque aquella revelación me sobresaltó de golpe. Me levanté, caminé hasta el lumínico que decía entre colores fosforescente: Funeraria de Ruiz y Calzada.

No había nadie en la entrada. Atravesé la puerta y seguí hasta llegar a uno de los pasillos laterales y entrar en otro corredor que se internaba y duplicaba en una fugaz penumbra. Cuando me enfrenté a la última capilla y vi que había un ataúd escoltado por cuatro bujías encendidas, me asedió una idea y avancé.

Pasaron segundos de clara desesperación, en los que el dolor se mezcló con el miedo y el sentimiento se duplicó en una certeza que terminó por recordarme a mi amigo, recordar la angustia, simplificar aquella mujer serena y hermosa que se presentaba dentro del ataúd. De pronto, mientras la miraba, comprendí la angustia de mi amigo; comprendí la terrible lealtad que nos unía al haber sobrepasado las circunstancias de la fe y también de la razón. Entonces cerré los ojos; sentí la mano sobre mi hombro; me volví y lo vi con una expresión

de recelo en los ojos:

—Es hermosa, ¿eh?

Julio, 2012


Oscar G. Otazo (Cabaiguán, 1977)

Poeta, narrador, ensayista y editor. Se graduó de Licenciatura en Estudios Socioculturales en la Uniss José Martí en el 2012. Premio de novela Reinaldo Arenas 2018 y Premio Fundación de la Ciudad de Santa Clara 2020 de Ensayo. Ha publicado en La Pedrada, Vitrales, web La Palma y el Camión y en las compilaciones Puntos cardinales. Antología de poesía cabaiguanense. II Parte: Ciudad en fuga (Cabaiguán, Ediciones Ideas, 2000), Punto de partida. Selección de narradores cabaiguanenses (Sancti Spíritus, Ediciones Luminaria, 2005), Viajando al Sur (Cienfuegos, Reina del Mar Editores, 2005), Los dioses secretos. Poesía contemporánea cabaiguanense (Santa Cruz de Tenerife-Las Palmas de Gran Canaria, Editorial Benchomo, 2008) y Once poetas a la sombra. Selección de poetas cabaiguanenses (Sancti Spíritus, Luminaria, 2014); El árbol y la cumbre (La Habana, Editorial Letras Cubanas, 2014). Ha impartido conferencias y presentado sus libros en ferias y eventos en Cuba. Tiene publicado los libros de poesía El ascenso de los hijos de Usna (Ediciones Luminaria, 2007) y Bosque sagrado (Ediciones Luminaria, 2012). Ha sido compilador de las selecciones de poesía Los dioses secretos. Poesía contemporánea cabaiguanense (con Marlene E. García Pérez), (Editorial Benchomo, 2008) y Once poetas a la sombra. Selección de poetas cabaiguanenses (con Marlene E. García Pérez), (Ediciones Luminaria, 2014). Los dioses muertos (Puente a la Vista Ediciones, 2019), La plaza de los ofrecidos (Editorial Sed de Belleza, 2018), el libro de ensayos, Cuba: la revolución usurpada (Editorial Primigenios, 2020) y Los dioses muertos, (Editorial Negráfica, Chile, 2020).