Enrique Del Risco

Bruce Willis y Wonder Woman


La barbarie alcanza su definición mejor cuando se convierte en divertimento. No es más gratuita o absurda que cuando se empeña en matar el tiempo. No es la barbarie amaestrada de los deportes que fija límites claros entre contrincantes y espectadores sino aquella que convierte toda la vida en campo de batalla. Siempre había existido esa barbarie pero constreñida a ciertos grupos, ciertos ambientes. Tipos que se divertían en los carnavales cortando nalgas de bailarines distraídos. Con navajas envueltas en pañuelos de seda, para que sus víctimas no sintieran el dolor del corte y vinieran a darse cuenta cuando ya la sangre les enfriaba los pantalones. O los que lanzaban luces de Bengala en los bailables del Salón Rosado de La Tropical para troncharse de la risa viendo el horror en los rostros alumbrados por el disparo. O los que emboscaban autobuses para acribillarlos con huevos o piedras. (Doy fe de la vez que un ladrillo entró por una ventana del autobús para aterrizar en mi espalda). Pero esos eran otros tiempos, todavía impulsados por la inercia de la civilización anterior.

Con el Hambre la barbarie se hizo omnipresente y los viajes en autobús se convertían con frecuencia en una versión manigüera de la película Mad Max 2. No hablo de la costumbre de viajar colgados de puertas y ventanas ya fuera rumbo al trabajo o de regreso a casa. Eso todavía entraba en el campo de la necesidad. Hablo de tribus posapocalípticas que asaltaban el transporte urbano a pie o en bicicleta, aterrorizaban a los pasajeros, subían al techo o entraban por las ventanas y golpeaban a la gente por mera diversión. Como el día que regresábamos de casa de mis abuelos en Santiago de las Vegas. Algo le pasaba al motor de la guagua que la hacía avanzar con lentitud geológica. En otros tiempos el chofer hubiese rendido el viaje allí mismo pero ahora no quería arriesgarse. Quedarse abandonado en medio de la nada sin que nadie viniera en su rescate. Por eso se empeñaba en seguir adelante a una velocidad previa a la invención del ferrocarril.

Íbamos por la Calzada de Bejucal cuando a la altura del Parque Lenin nos asaltó una turba que regresaba de unas piscinas públicas cercanas. Más que en Mad Max 2 estábamos en La diligencia de John Ford. Por lo artesanal y salvaje del asalto y por la escasa velocidad del autobús, algo que les permitía a los asaltantes no sólo encaramarse en el techo del vehículo sino lanzarse bajo de este, dejarlo pasar por encima de ellos y luego incorporarse, darle alcance e inventarse una nueva acrobacia. Cuando se cansaron de divertirse en el exterior del autobús penetraron en él para aterrar a los pasajeros pegándoles aleatoriamente. Uno de los asaltantes se agarró de una de las hojas de la puerta central, la arrancó y la lanzó a la carretera sin que por ello el autobús redujera o aumentara su velocidad.

Ese fue el momento en que tomó control de mis acciones el Bruce Willis que llevamos dentro. Willis decidió impedir que los vándalos penetraran en el último tramo de pasillo del autobús porque una vez que tomaran ese reducto —razonaba— ya sería imposible defender a Cleo si decidían tomarla con ella. Lamentablemente mi Bruce Willis no tenía armas, ni era experto en artes marciales. Apenas contaba con la voluntad de impedir que los malos hicieran de las suyas, voluntad algo lastrada por mis limitaciones físicas. Mi Bruce Willis me hizo pararme a la entrada del pasillo que conducía al fondo del vehículo y agarrarme con cada una de las manos a los dos tubos que lo enmarcaban y así dejar clara mi resolución de impedir el avance bárbaro. Uno de los asaltantes avanzó hacia mí y sin pensárselo mucho me soltó un mandoble con la tabla que llevaba en la mano. La conseguí esquivar pero al parecer a Cleo, que estaba parada detrás de mí, se le despertó la Wonder Woman que lleva dentro y sacando su brazo izquierdo por debajo de mi axila trató de detener el golpe con la mano: todo lo que consiguió fue que la tabla la golpeara en el dedo del medio abriéndole una herida. Todavía The Matrix no existía y por tanto no había puesto de moda el bullet time, ese efecto en el que todo ocurre a una velocidad infinitamente lenta y la trayectoria de las balas puede apreciarse con detalle. Pero si aplicáramos el bullet time a esa escena podríamos ver cómo, mientras el autobús avanza a menos velocidad que las balas de The Matrix, el vándalo me lanza el tablazo, yo arqueo mi cuerpo escaso hacia atrás para esquivar el golpe y en ese mismo instante Wonder Woman saca sus brazos por debajo de los míos para atajarlo. (Ahora me doy cuenta de que el bullet time siempre existió: se llamaba literatura y ya lo utilizaba Homero para narrar el combate entre Héctor y Áyax). Si en ese momento la cámara girara para asumir la perspectiva del visigodo lo que él vería es que a su rival le han salido un nuevo par de brazos para defenderse. Shiva o a Kali encarnados en el cuerpo cubano de un faquir que viaja en un autobús renqueante por la Calzada de Bejucal. Eso explicaría por qué el atacante, en lugar seguir avanzando tabla en ristre, se retirara de inmediato hacia la zona delantera de la guagua para alivio de Bruce Willis, Wonder Woman y de los cuerpos que los contenían.

A partir de ahí mis recuerdos se nublan. Con los visigodos todavía al mando de la mitad delantera del autobús un pasajero sentado a mi derecha se levanta de su asiento, me ofrece su apoyo y con un gesto se levanta la camisa lo suficiente como para que vea asomándose por su cintura el borde oscuro de una culata de pistola. Así me hace saber no solo que está armado sino que, aun vestido de civil, es un representante de las autoridades, únicas facultadas para portar armas. Eso lo hace segundos antes o después de que el autobús alcance agónicamente el destino buscado por el chofer como si de un fuerte en territorio disputado a los nativos se tratara. Cuando el autobús se detiene al fin frente a la estación de policía los vándalos se retiran a la saltarina velocidad de las películas silentes en dirección del temible barrio de La Güinera que era posiblemente el sitio del que procedía la mayoría.

Fue una de las escasas evidencias en mis años cubanos de que la parte del presupuesto destinada a pagar a la policía se usaba en otra cosa que no fuera reprimir nuestros derechos. De que con su mera presencia la policía podía servir como barrera de contención al imperio absoluto del caos. Un caos —me decía para no concederle demasiado crédito a las autoridades— que por otra parte tenía mucho de autoinducido a base de negligencia cotidiana y represión selectiva. Pero, debía reconocerlo, de no haber habido allí una estación de policía, poco habrían podido hacer mi Bruce Willis interior o Wonder Woman frente a los feroces visigodos de La Güinera.

Enrique Del Risco Arrocha (La Habana, 1967).

Licenciado en Historia por la Universidad de La Habana y doctorado en literatura latinoamericana por la Universidad de Nueva York (N.Y.U). Ha publicado entre otros títulos Pérdida y recuperación de la inocencia (La Habana, 1994), Leve Historia de Cuba (Los Ángeles, 2007), ¿Qué pensarán de nosotros en Japón? (Sevilla, 2008), V Premio Iberoamericano de Relatos “Cortes de Cádiz”. Su tesis de doctorado apareció publicada bajo el título Elogio de la levedad. Mitos nacionales cubanos y sus reescrituras literarias en el siglo XX (Madrid, 2008). Ha coeditado las antologías de narrativa Pequeñas resistencias 4: Antología del Nuevo Cuento Norteamericano y Caribeño (Madrid, 2005) y El compañero que me atiende (Madrid, 2017). En el 2018 ganó el XX Premio Unicaja Fernando Quiñones por su novela Turcos en la niebla (Madrid, 2019). En la actualidad ocupa un puesto de lecturer en el Departamento de Español y Portugués de la Universidad de Nueva York (N.Y.U.).