Eduardo René Casanova Ealo

La mierda y la razón pura

Lola la maestra me prestó muchos libros, en sus escurridizos actos por encima de la cerca que dividía ambas casas en aquellos tiempos lejanos del pueblo recién bautizado bajo la pila bautismal del socialismo. Ella los escogía de su colección privada, la cual había acumulado en los viajes a Sagua la Grande cada vez que iba a visitar a su única hermana, quien vivía al otro lado del río. Lola en su camino de regreso a la terminal de las guaguas se detenía unos minutos para comprar algún libro y refrescarse en el local de la librería, uno de los pocos que aún tenía aire acondicionado.

Había sido educada en el colegio de las monjas y su pasión irrefrenable por la literatura la hacía devorar cuanto título caía en sus manos. Desde Veinte mil leguas de viaje submarino, de Julio Verne; a Fortunata y Jacinta, de Benito Pérez Galdós; La fiesta del chivo, de Mario Vargas Llosa; Rayuela, de Julio Cortázar; Los santos inocentes, de Miguel Delibes; Veinte poemas de amor y una canción desesperada, de Pablo Neruda (uno de sus preferidos) y; por supuesto, Bodas de sangre, de Federico García Lorca.

Lola no sabía mucho de revoluciones y jamás la escuché decir o dar una opinión sobre las cosas que estaban pasando en el pueblo. En ese asunto era muy reservada. Tal vez aplicaba lo que había aprendido en el colegio de las monjas sobre el pecado de hablar de más: “en las muchas palabras, la transgresión es inevitable, pero el que refrena sus labios es prudente”. Nunca le oí una palabra de la que tuviera que arrepentirse y mucho menos en presencia de sus alumnos, a los que impartía clases desde preescolar hasta sexto. Era una profesional que se transformaba, transpirando y repartiendo reglazos encima de las tabletas de los pupitres para llamar la atención cuando algunos se quedaban dormidos en medio de la narración del libro que ella leía siempre sosteniéndolo en la posición perfecta para continuar observando el entorno y descubrir a los que no seguían su caminar por el salón.

Si existe el paraíso, ella debe estar allá rodeada de libros y árboles de naranja de la china. Esa podría ser una posibilidad real, a lo mejor no, quizás esté navegando con el capitán Nemo en su Nautilus, por las profundidades del océano, o viviendo aventuras entre nubes, ángeles y madreperlas. Pero las cosas no pasan como deseamos y, en honor a la verdad, se deben decir como en realidad ocurrieron.

Cuando por los lamentos y los gritos de los vecinos me enteré de que Lola se había muerto, de un ataque al corazón mientras se refrescaba en su tina repleta de agua, salté la maltrecha cerca que dividía las dos casas y, como un bólido, entré por la cocina. Ya habían removido el cadáver del baño, lo habían depositado bajo una sábana en la cama de cientos de años, de su cuarto de persianas Miami que daba para el parque, y esperaban que llegaran los de la funeraria para llevarse el cuerpo e iniciar los trámites del velatorio.

Años después, sentiría ese mismo escalofrío y las gotas de sudor recorriendo mi espinazo al presenciar por segunda vez a la muerte, llevándose a mi esposa enferma de cáncer terminal, en un acto de magia que duró apenas unos segundos, los segundos más horribles que recuerdo y que me acompañarían siempre por mares y ciudades llenos de vida.

En un instante en el que todos estaban entretenidos, desvié la vista de quien había sido mi mejor tutora en el largo y tortuoso camino de la literatura, y me dispuse a mirar por primera vez las interioridades del dormitorio, la sala, el pasillo parcialmente ocupado de estantes repletos de libros cubiertos por pedazos de tela para preservarlos del polvo rojo que siempre penetraba a través de las puertas y persianas abiertas.

Y mientras los demás estaban conversando, recordando los últimos momentos que la vieron con vida, empecé a descubrir títulos que me eran desconocidos, pues Lola nunca me los había prestado.

Allí estaba Immanuel Kant con su Critica a la razón pura, al lado de Ciencia de la Lógica, de Georg Friedrich Hegel, y en un rincón la edición de Más allá del bien y del mal, de Friedrich Nietzsche, y las Obras completas, de Sigmund Freud, con múltiples marcadores y pedacitos de notas entre sus páginas. Y en otro estante, tapado con una tela negra, Mi lucha, de Adolf Hitler, se codeaba con La revolución traicionada, de León Trotski, el tomo primero de Apócrifos del antiguo testamento, de Alejandro Diez Macho y Antonio Piñero, y, por último: Biblia, Corán, Tanaj: tres lecturas sobre el mismo dios, de Roberto Blatt.

Donde quiera que pusiera la vista, un título me restregaba en la cara mi ignorancia, mi educación pseudoerudita y pseudoliteraria, plagada de conocimientos desordenados y con seguridad inexactos, frutos del filtro supremo del ministerio de educación de la república. Y con esas palabras se lo dije un día, envalentonado por la cerveza, a Pupi, uno de los secretarios del partido de Guanajay, que me asesoraba en el cargo de director de cultura del pueblo, responsabilidad que había aceptado en un fugaz destello de inmadurez y desesperación, creyendo que así podría cuidar mejor a mi esposa que ya se estaba muriendo.

Recuerdo la cara de Pupi cuando escuchó mis palabras a tiempo que se le cambiaba el color de la piel de descendiente directo de la tribu del lado norte de rio Mozambique, por el color de la lecha ordeñada de la teta gigante de Ubre Blanca y a punto de darle un infarto me dijo:

―¡Ahora sí sé que tú estás loco pa la pinga Carlos Camilo! ¿Cómo se te ocurre hablar mal del sistema que te educó, te mandó a Rusia a estudiar gratis y, encima de eso, te dio la oportunidad de trabajar y seguir estudiando?

A mí se me subieron los colores a la cara, pues había más personas compartiendo al lado de la orquesta y de las mulatas que bailaban al ritmo de la conga: “¡que paso más chévere, pero que paso más chévere el de mi comité!” Me di otro buche largo de la cerveza que ya estaba caliente en la perga y le solté bien alto, muy por encima de la música:

―¡Más come pinga eres tú! Dime, sin miedo a la verdad, mira a tu alrededor y dime si tú crees que aquí, en este grupo de gente que están gozando, y quiero que te incluyas a ti y a mí también, dime si de estas doscientas personas que están aquí tomando cerveza, quienes también son frutos del sistema que me mandó a Rusia a estudiar, dime si hay uno solo que tenga el prototipo perfecto del hombre nuevo. Mírale el culo sudado a esa mulata, la cara de ladrón de pienso del que baila con ella, la mirada perdida por la “chispa de tren” del que está detrás, las tetonas desbordadas de la gorda aquella, quien nunca ha cogido un libro en su vida, pero que se ha acostado con medio pueblo. No comas más mierda, sigue soñando con ese engendro ideal y vamos a seguir siendo amigos, vamos a emborracharnos en nombre de lo que tú quieras, de la revolución francesa, de la revolución bolchevique, la mexicana, o la que te dé la gana.

Y cuando Pupi me dio la espalda, comprendí que ya no tenía más nada que hacer al lado de la orquesta y de la conga que seguía coreando: “que paso más chévere, pero que paso más chévere el de mi comité”.

Me bajé de la tarima, tambaleándome por la borrachera y me fui en mi moto con sidecar para mi casa, donde ya no tenía a nadie esperándome, a retomar la lectura de la Crítica de la razón pura, de Immanuel Kant, el único libro que me había llevado de casa de Lola, quien aun después de muerta, me seguía pasando los libros que yo debía leer, para un día elevarme y saltar miles de cercas, con alas propias, dejando atrás las ámpulas, las cicatrices, las telarañas, las sombras, los razonamientos, los conceptos y la mierda (para redondear bien la idea) de lo que había aprendido bajo el fragante ministerio de educación de la primorosa república.



Eduardo René Casanova Ealo, Quemado de Güines 1960, Cuba.

Licenciado en Idioma ruso. Premio Calendario 1999 con su libro de poesía Navegación Impasible. Editorial Abril, (2000, La Habana). Ha publicado Al otro lado del mundo, poemario finalista del Dulce María Loynaz, Neo Club, 2019. La novela El polvo rojo de la memoria, Las Tablillas de Diógenes, poesía, El puente y otros relatos, Editorial Primigenios (2019), La Habana convida, antología poética por el 500 Aniversario de la fundación de la ciudad, Editorial Primigenios (2019) y El libro negro del desencantado, poesía, Editorial Primigenios (2020). Su labor como presidente y editor de la Editorial Primigenios se resume a la publicación de más ochenta títulos de diferentes géneros de autores cubanos residentes en la isla. Reside en Miami, donde preside la Editorial Primigenios