Anisley Miraz Lladosa

El ser y la nada

No hay una conexión necesaria lógicamente entre eventos de épocas distintas;

por lo tanto, nada de lo que sucede ahora o sucederá en el futuro

puede refutar la hipótesis de que el mundo comenzó hace cinco minutos.

BERTRAND RUSSELL

Doblar la esquina de mi calle es un gran riesgo.

Hay que enfrentarse a ese batallón de mujeres ociosas y prosaicas que te arrancan las tiras del pellejo, que te desollan sin contemplaciones. La mayoría vive en el edificio nuevo que volvió a levantar la Oficina del Conservador.

Desde que tuve conciencia ya el edificio se caía a pedazos. Me recuerdo de niña asomada por las rendijas de uno de los departamentos que da a la calle, ese en el que vivía Petra con Papo su marido, sus hijas y una viejita enferma. Nunca vi a la señora en realidad, pero había una energía oscura dentro de aquellos pocos metros cuadrados. A mí siempre me ha llamado la atención lo que supone un movimiento de partículas, lo mismo positivas que negativas. Lo que no soporto es el vacío, el horror ante la nada.

Papo era un presidiario; venía de pase y lo volvían a trancar. Tenía un tatuaje muy feo.

Cursé la primaria con una de las hijas de Petra: Zaida, abusadora y chinchosa a más no poder. Usaba espejuelos culoebotella y tenía una frente de seis dedos. ¡Eso que dicen que los de frente amplia son inteligentes! La otra hija de Petra se llama Zaíra, nunca ha usado espejuelos, pero tiene un ojo fumando y el otro esperando el cabo.

Petra es flaca y triste como una escoba de barrer hollín. Desde que se murió Papo se volvió todavía más silenciosa. En chismes entrará, no digo que no, que en este barrio además de alquilar o de pedirle a los turistas no se puede hacer mucho. Sin embargo, nunca la veo lanzando dardos a la gente que atraviesa el complicado perímetro.

Caty Lenguaechucho no vive en el edificio pero es como si habitara ahí mismo y muy bien que aplica el precepto “donde caben cinco caben veinticinco”. Vieja y desfachatada, una pérdida como narradora oral, se dedica a contar a viva voz los pleitos con sus hijos, yernos, nueras para que se entere el barrio, la ciudad, el globo terráqueo. A su primogénita le dicen Felipa Ten-cent. Heredera de un imperio de vulgaridad e impertinencia, casada-divorciada-arrimada-fajada-empatada con el parqueador de carros del callejón de la Angostura, padre de su único retoño Yordileikys.

A Yordileikys la persiguen los hechos delictivos, la gente belicosa. O es que se afana por meterse en el meollo del rollo para volver “al tanque”. Debe ser eso. Ahí hay techo y comida gratis, la Calle sigue mala.

Yordileikys “goza” de una descendencia propia: la adolescente Jairita. Jairita tiene algunos cables sueltos dentro de la cabeza y se sigue preguntando quién es el cabrón que preñó a su madre porque nadie lo sabe con exactitud.

Varios monstruitos envueltos en tizne corretean calle arriba, calle abajo, y arrojan desechos contra las puertas del vecindario, hijos de todas, nietos de cualquiera. Ellas son igualitas, gritando todo el tiempo y obligando a sus progenies a mendigar comida, ropas, peluches, cosméticos, cualquier cosa para vender ahí mismo, en la esquina. Nadie podría definir cuál es la monstrua alfa; las fundes en un crisol gigante y no llegas a hacer funcionar una sola neurona, pero son generalas en potencia. ¡Son el Clan Cu-cú!

Ese día, desafiando el peligro de que me descuartizaran por mi nuevo color de pelo, quedé en posición “Descansen” justo en la fachada del temible edificio. Una amiga que no veía desde el pasado invierno se detuvo a saludarme.

Ahí estábamos cuando vi llegar a un atribulado turista acompañado de Candela la Follotúa. El mote se lo puse yo. Ella ni debe sospechar que cientos de veces he ridiculizado su nariz de buey.

Traía al hombre en vilo. De más está decir que lo imbuyó en los dominios del Clan Cu-cú.

- Hostal cerca – dijo con su cara de carnaval inflando más la barrigota.

En efecto, mi cuadra se caracteriza por tener más alquileres que viviendas comunes. Mientras yo hablaba con mi amiga, una buena parte de mis sentidos se enfocaba en el círculo de vecinas.

- Ya tengo hospedaje – se defendió el extranjero en buen español levantando las dos manos.

Era un gesto prudente. Cuando te cae encima una tropa como esta, lo mejor es soltar armas, entregarse, y ni siquiera levantar bandera blanca.

- Óyelo esta tu niña… – rió Candela desfachatadamente dirigiéndose a todas, a cualquiera.

- Eh maifrien, ¿guat yur neim? – preguntó Yordileikys.

- Jean-Paul – respondió el sujeto muy turbado.

- Yan Pol, ¡se te puede hacer un tiempo todavía!

La China metió su cucharetauna. Ella también vive en casa de Petra y es querida del marido de su hija menor.

- Pardonner, ¿cómo dice usted?

- No le hagas caso este tu niño… ¿Guat du yu com from? – intervino Felipa.

- París, Francia.

- ¡Lo bien que a mí me caen los franceses! – Yordileikys recibió un codazo de su pareja, una mulatona con pinta carcelaria.

Desde mi puesto vi como el acorralado turista se llevaba un pañuelo a la nariz. Ellas se quedaron bobitas y respiraron, como yo en la acera de enfrente, un eau de perfume exquisito.

Jairita la hija de Yordileikis con ese cuerpo de cajón exacto al de su progenitora, cuño y molde, no paraba de moverse.

- Felipa, esta niña tiene oxiuro… En Francia está Nutredán, ¿no? ¡Qué maravilla de torre!... – Caty quiso congraciarse pero le salió el tiro por la culata.

- Oye mi tío… ¿traes chicle? – preguntó Jairita.

- Amichi, ¡jabón! – gritaron los niños por la fuerza de la costumbre y siguieron jugando con tierra.

Es muy probable que el de la Ville Lumière no se haya sentido tan acosado en toda su vida.

Mi amiga hablaba en voz baja. Mientras me contaba sobre sus planes futuros y la importancia de cambiarse de gajo “porque el mamoncillo mancha”, yo intentaba no perderme detalle de la tertulia colindante.

Yan Pol trastabilló. Era esa mochilonga que llevaba a la espalda con la cual se parecía a Donatello la tortuga ninja.

Dos del Clan lo ayudaron a aliviarse del peso y lo acomodaron en el quicio donde ellas venden sus productos y depositan sus traseros sin gracia. Pensé que tras la “buena acción” procederían al escudriñamiento de equipaje, pero por fortuna no se les ocurrió, o se les ocurrió y no llevaron a cabo la actividad; había mucha gente transitando.

- Ah, merci. ¡Los temps modernes!… Antes se viajaba con un caballo y una bourse d´or.

- ¿Con qué? – el coro quedó bien sincronizado.

- Una bolsa de oro.

- Y tú mi niño… ¿tienes mucha pasta?

Jean-Paul sonrió ante la pregunta sugestiva de la vieja Caty.

En eso llegó Nenecita con su muleta y se sumó al círculo.

- ¿Traes medicinas? Tylenol, Acetaminophen, Aspirin, mentolán…

- Ne. Ni un médicament. La mejor medicina es la volonté. L´etre humain está condenado a ser libre. Es decir, arrojado a la action y a la responsabilité totale de su vida, sans les prétextes.

Todas hicieron silencio y se miraron entre sí.

- Mi chini, aquí se hace lo que se puede. ¡Estás en Cuba!

Candela le agarró la barbilla. Eso no le gustó mucho a Jean-Paul.

- Aquí las cosas son distintas y diferentes – refutó Nenecita.

- Affaires, affaires… Las cosas… Vaya manía de los cubanos de llamar así a los elementos de la realidad.

- ¿Y cómo vamos a llamar a las…? Las cosas son las cosas y sin cosas… pues no hay ná… – Zaíra se había mantenido en silencio, pero no podía seguir en la retaguardia.

- Deberían saber que el ser del hombre se distingue del ser de la cosa porque es consciente. L´existence humaine es un fenómeno subjetivo, en el sentido de que es conciencia del mundo y conciencia de sí.

- ¿Qué idioma es ese? – preguntó Zaida rascándose su frente de palo.

- Castellano, évidemment. Si hablara todo en mi lengua no habría communication. En fin, un plaisir… Tengo que llegar al logement.

- Eh… ¡un momentico ahí! – tronó la voz de Candela. – Yo te encontré en la terminal así que yo te llevo.

- Nést pas nécessaire… Tengo una dirección.

El turista sacó un papel y un brillante lapicero fucsia que Jairita le arrebató de las manos.

- Hostal <Vicente Iznaga y Familia>… – leyeron a coro.

Yordileikys comentó que la casa quedaba lejísimo, como a diez cuadras. Su pareja la apoyó.

- El que yo te digo está al doblar – aseguró Candela. – Se llama <Yusimisleidy y Ronaldiño>, más a la moda.

- ¿Sabes bailar? – preguntó Zaida tirando un pasillito y mirando con el rabo del ojo a todas partes, no fuera a ser que Lázaro Cuatropelos la cogiera en la gracia.

- Bailar no. Sé pensar y escribir traités philosophiques.

- Pues aquí se viene a soltar el cuerpo – acotó Felipa Ten-cent.

- Oui, a soltar le corpsMais hay que estar claros de que el hombre en cuanto «ser-para-sí» es un proyecto, un ser que debe hacerse.

- ¡Ser para sí!... Aquí todos somos para nosotros. Yo soy para mí, ella es para ella, aquel que vende cloro es para él mismo, y hasta etcétera. ¡Y no vivas así pa que veas! Te lleva la corriente como al camarón… – aseguró Zaida.

- Deja la bobería esa del proyecto y aprende a bailar salsa. En eso están todos los yumas – objetó Felipa.

- Oui… El hombre es el único que es tal como se quiere y se concibe después de la existencia: en nosotros la existencia precede a la esencia.

- Anjá papito, así mismo – rió Candela. – Esta es la única vida que tenemos.

Las otras miraron a Candela con curiosidad. ¿Realmente había entendido las palabras del francés?

- Ahora sí que se te montó el loco, papi – la China le dio una palmadita en el hombro.

- Este es un tacañón – Nenecita se levantó y agarró la muleta. – Si no vas a soltar la mano, voy echando.

- Puedo darles un offre important

- ¡No me digas! ¿Y por cuál de nosotras vas a empezar? – la amante formal del marido de Zaíra era bastante salida del tiesto.

- El caso es que si un pintor quiere hacer une peinture primero la piensa, la edifica en su cabeza. Esa será la esencia de lo que se construirá, de lo que más tarde tendrá existencia.

- Ah si... Por aquí venden pinturas, sombreros, figuritas... ¿Quieres comprar? – Yordileikys recibió otro codazo de doña Piringón.

Mi amiga notó que yo estaba demasiado interesada en cuanto ocurría en la otra acera y muy poco atenta a nuestra conversación. Así que se dispuso a mirar también. El sujeto-en-sí era poco común.

- Ella me parió, pero qué atravesá es… – murmuró así sin más ni más La Follotúa señalando a Nenecita como hablando consigo-misma. – Ya lo dice el refrán: “cuando veas a un cojo, pártele la otra pata”.

- Los seres humanos no somos el resultado de un diseño intelligent y no tenemos dentro algo que nos haga vilains o bons por naturaleza – el extranjero siguió filosofando. – Nuestra esencia, aquello que nos definirá, es lo que construiremos mediante nuestros actos. Estos nos son irrevocables: no actuar es un acto en sí mismo pues nuestra libertad no es algo que pueda ser dejado de lado. Ser es ser libres en situación, ser es ser-para...

- ¿Pa qué chico? – Felipa se sacudió las nalgas y volvió a sentarse.

- Voy a calentar el arroz que tengo ahí embasados a los hijos de Ramón. Después me cuentan – Caty Lenguaechucho aprovechó para irse.

- Con siguen ahí… Claro, ¡es mejor pegar la gorra! – se alteró Felipa. – ¡Al que Olofi no le da hijos machos, el diablo le da hermanos vaquetones!

- Estáte quieta Felipa que tú no me das ni pan de la bodega, y eso que tu marido gana un potosí en lo del parqueo.

Caty se retiró y Felipa siguió a su madre con la vista.

- Je veux aller à la mer… – comentó Jean-Paul quizás para refrescar el ambiente.

- Traduce, papi, traduce – la China saltó presta y veloz.

- Quiero ir al mar, a la playa.

- El Turi-bus sale a las 2:00.

- A las 3:00. ¿Tú qué sabes de eso, Zaida?

- ¿Y qué sabes tú?

- A ver, a ver… La cosa aquí, que es lo mismo que la-cosa-en-sí, es que el yuma coja playa. Lo mejor es que alquile un carro. Yo conozco muchos boteros…

- No te metas en eso, Yordileikys – gruñó doña Piringón. – Deja a Candela.

- Tú solo suelta el mony, Yan Pol. Aquí hay para todos los gustos. Playa, campo, río, puerco asado y Mirador, paseo a caballo, lo que te dé la gana…

- Plage, campe, je ris, porc, paseo a caballo… – repitió el atormentado parisién. – Lo que me dé la gana… Eso me recuerda la différence entre conciencia prerreflexiva y conciencia reflexiva.

- Babalú Ayé, ¡esto es pa largo! – doña Piringón le hizo señas a Yordileikys. – Mama, vamos. Tengo tremenda hambre.

- Vamos que este ni da ni dice donde hay.

Yordileikys y su pareja se alejaron abrazadas como par de tórtolas. Como par de Dodos en realidad, aves torpes e imposibilitadas de volar, propensas a la extinción en cualquier momento.

Imaginé que no iban para la casa de Yordileikys que quedaba ahí mismo; ya casi era hora de almuerzo y lo más probable es que no tuvieran nada puesto en los fogones. Estaba clarito, clarito; Felipa se había pasado la mañana en la esquina y el compañero parqueador no tenía cara de ser cocinero.

- Por la tarde te voy a llevar a un restaurante buenísimo – dijo Candela dando por hecho que sería la dama acompañante de Jean-Paul. – Se llama Shangó Siete Rayos.

- En realidad ceno en las casas. Prefiero sentirme cómodo, dans la famille.

Candela se puso brava.

- ¡Eres un bicho… Y tacaño con cojones. ¡Estos yumas creen que con veinte pesos se resuelve todo!

- Femme, con veinte pesos no, pero hay que ahorrar para el futuro. ¿Cómo te digo esto? La conciencia prerreflexiva es el mero hecho de percatarnos de algo, el tener conciencia de algo. Y la conciencia reflexiva surge cuando te das cuenta de que te estás percatando de algo.

- Yo me estoy percatando de que ya hay que ir pal hospedaje.

- ¡Qué bueno encontrar monde solidaires! – sonrió Jean-Paul poniéndose de pie.

- No te dejes engañar; aquí nada es lo que parece – se burló Felipa.

- A este le patina el coco – comentó Zaida y se dio una palmadilla en la frentona.

- Vous ne comprennent… La conciencia confiere la esencia que hace que una cosa sea tal cosa y no tal otra.

- ¡Y es él quien dice que aquí llamamos “cosa” a cualquier cosa!

Candela tenía la blusa más levantada que nunca. Se le salía la barrigota y las ubres estaban desesperadas por saltar afuera.

- Amichi caramelas, lapiceras, zapatos pa la escuela… – pidieron los niños, y con la misma siguieron sacando piedras de los baches.

- Oh, ¡qué ocurrentes les petit garcon! Si toda conciencia es conciencia del ser tal como aparecer, la conciencia es distinta del ser que equivale a no ser, es decir, nada. Y surge de una negación del ser-en-sí. Por tanto, l´etre humain es radicalmente libre, se hace a sí mismo.

- A mí qué coño me importa el ser, el no ser. ¡Mucho menos la nada! La nada es nada… Y ya, que aquí todo está de cabeza – Candela sudaba más que nadie.

- Est bien, les voy a hacer un regalo.

Vi como brillaron los ojillos de mis vecinas que inmediatamente se pusieron alertas para atacar en cuanto el yuma abriera el mochilón.

Los hoyos de la nariz de La Follotúa crecieron el doble. Tenía el pelo muy alborotado.

- Tú eres l´un autre, el otro, ¿no es así? Pues mi yo revela la indudable presencia tuya cuando te me das no como objeto sino como sujeto.

- ¿De dónde salió este tipo?

- De París, Candela – explicó la tercera punta del triángulo amoroso Zaíra-Panchín-laChina. – ¿Hay regalo o no hay regalo mijito?

- Si chica, ya sé. Es que me tiene arrebatá… – y apuntó dirigiéndose a él. – Que te quede claro que yo no tiemplo yumas por cualquier cosa. ¡Acaba de abrir el paquete!

- Excuser me. ¿Creen en Dios?

- A veces – contestó la sobrante en la familia de Petra.

- Lo de nosotras es la brujería – saltó Felipa.

- Yo no puedo creer… en Dios. Dios sería en-sí-para-sí. Si no existe, pues no ha creado al hombre según une idée sure que fije su esencia. Los valores dependen enteramente del hombre y son creación suya. ¿Se dan cuenta?

- Yo fui al catecismo por los regalos. El cura pasa por aquí con su perro.

- Cállate Jaira – Felipa le dio un cocotazo a su nieta. – Debiste irte a jamar con tu mamá y la tortillera esa.

- Necesito acomodarme dans l´habitation.

- Dale – reaccionó Candela.

- No quiero molestar… Je vais a <Hostal Vicente Iznaga y Familia>.

- ¡Será comemierda este hombre!

Candela dio señales de estar muy molesta.

- Hoy comerás en Shangó Siete Rayos y mañana tendrás profesora de baile – Zaida quiso arreglar el potaje.

- ¡El regalo! – se impacientó Zaíra.

- Ah, vérité qu´oui. Me había olvidado. Es que vous étes très bavards.

- ¿Somos muy qué? – a Zaida se le cayeron los espejuelos.

- Habladoras… Mais n´est pas important.

Un pequeño zíper de la mochila fue corrido, simplemente. Las mujeres apenas se dieron cuenta. Jean-Paul sacó un libro y lo puso con delicadeza en medio del círculo.

- ¿Y esto qué es? – quiso saber Felipa.

- Un livres

- ¿Eso es lo que nos vas a dar? Candela, acaba de llevarte a este mentecato haznos el favor – Zaíra dio por terminada la conversación.

Sentí vergüenza. Pero no era asunto mío.

Mi amiga y yo vimos acercarse a dos tipos y una mujer con un cartel en la mano. El cartel decía: Jean-Paul Sartre, Francia. Se detuvieron frente a Jean-Paul y pusieron el cartel a una altura prudente, sin hablar.

- Este va con nosotros.

- Ah, sí. Claro – titubeó Jean-Paul.

- ¿Qué tú dices? – chilló Candela y el Clan Cu-cú se puso en guardia.

- Me lo querían enmarañar... Pues ya ven, entre cielo y tierra no hay nada escondido.

- Mira pa acá... Yo lo encontré en la terminal y es mío. Este negocio es así.

El sujeto le fue arriba a Candela y le sonó un galletazo. Y ahí mismo empezó una de las broncas más épicas de mi barrio.

El joven agarró a Felipa por el cuello mientras la nieta de Felipa le daba piñazos en la espalda. De la mujer del cartel se encargaron Zaida y Zaíra.

Una parejita que transitaba, al parecer amigos de los reclamantes, intentó arbitrar la riña. A la larga tuvieron que defenderse como gatos bocarriba: a él le sonaron un piñazo en el ojo y ella descubrió que tenía la blusa hecha jirones. La querida de Panchín terminó agarrándola por los pelos. Un bicitaxero del barrio que pedaleaba muy campante soltó el bicitaxi y se acercó a la bronca multitudinaria con par de piedras. No tenía intenciones de fajarse; era por si acaso.

Aquello se puso peor. Mi amiga y yo corrimos a refugiarnos en el portón de un garaje cercano; no había manera de surcar la batahola y tampoco teníamos muchas ganas de huir de allí; queríamos ver como acababa todo.

Wilfrido el profesor de kárate dobló la esquina y al momento reaccionó contra Caty Lenguaechucho que llegó con sus dos mangansones y una cabilla. Se incorporaron además los hombres de la casa de Petra: Panchín el marido de Zaíra y Lázaro Cuatropelos, el de Zaida. Intentaron pegarse con Wilfrido el karateka ellos dos y luego los hijos de Caty y recibieron tremenda tunda. En eso aparecieron Yordileikys y su consorte y como trombas marinas se colaron en la reyerta dando manotazos a diestra y siniestra.

El pobre turista, sorteando los trastazos, logró arrastrar su mochila hasta el garaje donde estábamos nosotras.

- Me han dicho que les cubains son de sangre caliente, mais esto supera cualquier cosa… Ah, la COSA… ¿Ustedes saben que el ser del hombre se distingue del ser de la cosa porque es consciente?

Nos miró con cara de perro triste. Yo no tenía intención de responder, mucho menos acompañarlo. Mi cuadra está llena de alquileres; aún así le aconsejé seguir calle abajo hasta el final, donde también había sellos azules y hospedarse en cualquier casa con tal de que estuviera bien lejos.

Nadie lo vio irse. Y llegó la Policía. Dos patrullas y el camión-jaula.

A los niños los embutieron en la casa de Petra. A la hija de Yordileikys también. Los hombres, ¡directo a la jaula! La parejita, el profesor de karate y el bicitaxero lograron escabullirse y las matronas del Clan Cu-cú fueron repartidas en las dos patrullas.

Mi amiga había escapado mientras la Policía hacía lo suyo. No recuerdo a esta calle tan desolada, tan vacía de todo.

En el centro del bache, roto y pisoteado, estaba el libro. EL SER Y LA NADA de Jean-Paul Sartre. En la solapa tenía una imagen igualita a J. P. El nombre en la pancarta, el nombre del turista despistado, el autor vivito y coleando... Entonces… ¿quién era exactamente? ¿Un ser de otro mundo? ¿Una reencarnación del filósofo existencialista? Me ericé de pies a cabeza. Y miré en la dirección por donde se había ido. Normalmente con esa mochilona a cuestas lo hubiese identificado desde lejos. No logré verlo.

Para mí ya era demasiado tarde… Me había contaminado. Me había convertido en una de ellas; entrometida, charlatana, vulgar...

El siguiente paso: sentarme en la esquina y arrancarle las tiras del pellejo a cuanto ser humano camine por ahí.

Es cierto que en estos tiempos cuanto menos cabeza le metas a la vida, más feliz lograrás vivir. Lo mejor es no pensar. Lo peor… lo peor es la certeza de ser menos que un simple movimiento de partículas, la certeza de no ser… nada.



Anisley Miraz Lladosa (Cienfuegos, Cuba 1981)

Narradora, poeta y artista de la plástica. Egresada del Centro Onelio J. Cardoso, curso 2014.

Graduada de Diseño Gráfico en la Academia de Artes Plásticas “Oscar Fernández Morera”, Trinidad.