Alex Fleites

DON’T LOOK BACK

Apenas subir al ómnibus atestado, la vio al fondo. Ella también lo vio a él. Fue un contacto fugaz, que eclipsó momentáneamente la hostilidad ambiente de cuerpos que se exprimen, de pie, para ocupar el colmado espacio del pasillo. Se sujetó como pudo del tubo de aluminio, y, cuadra tras cuadra por la calle 23, fue soportando los empujones, los roces, los hedores de sus compañeros de travesía.

A la altura de la calle 10 se bajó por la puerta delantera. Ella ya estaba en la acera, y trataba de alisarse la blusa. Echaron a andar en la misma dirección, rumbo a Línea; ella, delante. En dos ocasiones volvió la cabeza para comprobar si él la seguía, y apuró levemente el paso.

Ella se detuvo en el edificio 259, cuya puerta estaba cerrada. Él la alcanzó. La media mañana de agosto era caliente y húmeda. Lo enfrentó, decidida.

—¿Por qué me sigue?

—Vivo aquí –mostró la llave–. ¿Va a pasar?

Ella asintió. Él le franqueó la entrada. Subieron la escalera. Ella, delante. En el primer piso él se detuvo. Ella siguió ascendiendo; sintió el ruido metálico de la cerradura, la puerta al cerrarse.

Dejó la mochila en uno de los sillones de la sala. Comprobó los mensajes en la contestadora. Nada de interés. Puso la cafetera al fuego. Sonó el timbre de la puerta. Era ella.

—Disculpe. ¿Sabe si la señora María sigue viviendo en el apartamento 25?

—¿La doctora? Hasta hace dos o tres noches, sí.

—Es que toco y no sale nadie. ¿Me presta el teléfono para llamarla?

—Adelante.

Ella se sorprendió por la colorida colección de arte de la sala. Se detuvo ante un reloj de bronce que en lugar de números tenía caracteres latinos; se fijó que, leídas de izquierda a derecha, las letras formaban una frase en inglés. Él encendió la luz, que se repartió homogénea sobre las telas pintadas y las pequeñas esculturas. Le extendió el teléfono inalámbrico.

—Se vuela el café –dijo ella aspirando el aroma. Él corrió a retirar la greca del fuego.

— ¿Quieres una taza?

—Claro.

Al parecer, nadie respondía del otro lado de la línea. Ella insistió tres veces. Dejó el teléfono sobre la mesita de centro, y tomó la taza humeante. Aunque estaba contrariada, se notaba que apreciaba el aroma.

—Está rico. ¿Es cubano? –preguntó señalando el contenido de la taza.

—No, de tu tierra. O de un lugar cercano a tu tierra.

Ella se sorprendió con la respuesta. Los músculos de la cara se le contrajeron levemente. Con reticencia:

— ¿Cuál es mi tierra?

—El Caribe colombiano. Un punto entre Montería y Cartagena. El café es Córdoba, denominación regional.

—¿Es adivino?

—Filólogo. Tengo facilidad para reconocer los acentos. Y puedes tratarme de tú, no soy tan viejo. Me llamo Damián –le extendió la mano. Ella se la apretó con una firmeza que no esperaba. Lo miró a los ojos.

— Soy de Santa Marta. Mi nombre es Stella.

— ¿Con “s” o con “e” al principio?

— ¿Es importante?

—Sí. Con “e” y dos eles es un municipio del País Vasco. Y con “s” significa estrella en italiano.

—Sigo sin entender el punto.

—Con “e” y dos eles podría indicar que tus padres simpatizaban con los etarras. De la otra manera, que a lo mejor eran estudiantes universitarios cuando te concibieron, e iban a la cinemateca a ver películas neorrealistas.

— ¿Trata de sacarme información?

—No te preocupes, es un juego —se levantó del sillón, daba por terminada la visita—. Bueno, debo ir a lo mío. Tengo trabajo pendiente.

Ella no se movió. Le sostuvo la mirada dos segundos. La situación era embarazosa.

— ¿Por qué me mirabas en el bus?

— ¿Cómo sabes que te miraba?

—Porque te vi.

—Entonces también tú me mirabas. No tienes derecho a reclamar.

Los dos sonrieron.

— ¿Te parezco conocida?

—Me pareces bella.

— ¿Vas insinuándote por ahí a todas las mujeres que te parecen bellas?

—No me insinúo, sólo miro a las que me miran.

Ella no daba muestras de querer marcharse. Jugaba con sus manos, finas, de dedos largos, aunque faltas de cuidado.

— ¿Qué sucede?

—Que no tengo a dónde ir. La señora María fue compañera de mi madre en la Facultad de Medicina, aquí, en La Habana. Vine a darle la sorpresa, y a pasar el sábado con ella.

—Igual regresa al rato.

Dudando. Temerosa de la respuesta:

—¿Podría esperarla aquí?

No muy convencido:

—Está bien, pero no puedo atenderte. Debo escribir algo a la carrera. Ahí hay revistas, libros de arte –señaló al compartimento bajo de la mesa de centro–. Si necesitas agua, ya sabes dónde está la cocina. Queda café colado. El baño, en el dormitorio. Usa el teléfono cuanto quieras, pero en voz baja. Me cuesta concentrarme. La puerta estará cerrada para que no se escape el aire acondicionado, pero puedes pasar cuando lo necesites. Si tienes calor, pon el ventilador.

No esperó respuesta. La dejó en la sala y fue al cuarto, donde estaba, además de la cama, el buró con la computadora encendida. Se sentó a escribir.

—Es con “s” al principio –escuchó que ella le hablaba desde la sala. Movió la cabeza desaprobando su excesiva condescendencia—Y mi padre es vasco. Estuviste cerca, pero te equivocaste en todo.

Damián comenzó a teclear frenéticamente. Miró el reloj: 10:45 a.m. A la tarde tendría que presentar una exposición en la Galería Habana, y ni siquiera había tenido tiempo de ordenar las ideas para el breve discurso. Estaba hastiado de hacer eso. No se le daba bien hablar en público; cada vez se juraba que sería la última, pero a los dos o tres meses volvía a sufrir una recaída, por cumplir con el reclamo de algún amigo, ayudar a un artista emergente, impulsar una obra que creía subvalorada…

Stella iba de una revista a otra. Tomaba un libro de arte, lo hojeaba. Se levantaba a mirar un grabado, un dibujo, una foto. Se asomaba al pequeño balcón que daba al pasillo: azoteas descuidadas, edificios faltos de pintura y de revoque. Volvía a sentarse. Abría el refrigerador, inspeccionaba, se servía un vaso de agua.

Tendría unos veintisiete años. Juncal, morena por el sol, de cabello castaño, quemado en las puntas, ondeado. Usaba unos jeans descoloridos, presumiblemente azules, con desgarraduras de fábrica a la altura de las rodillas. La blusa era negra, con bordados geométricos de colores cálidos, hechos a mano.

Damián trataba, con poco éxito, de hilvanar unos cuantos párrafos. En esencia le interesaba decir que la modernidad de la obra no está decidida por la novedad del soporte o de la técnica. Llevaba tiempo luchando contra la frivolidad de la crítica, contra conceptos tan rígidos como “arte retiniano”, contra la supuesta herejía de decir dos o tres boutades políticas que no saldrían de los márgenes de la galería. Escribía sin reparar en la ortografía o la puntuación. Era su modo: sacar todo hacia fuera, y luego meter el texto “en caja”. Si se ponía a “filosofar” sobre un verbo o un sustantivo, quedaría paralizado por horas, y casi nunca podía darse ese lujo. Sentía ardor en el cuello, como si los músculos, al tirar unos de otros, se estuvieran desgarrando. Recordó que al amanecer se había saltado la rutina de ejercicios para fortalecer la espalda, y ahora estaba pagando el olvido; pero aun así no se detuvo.

Stella pasó detrás de él, rumbo al baño. Damián no la notó. Observó la bañera, la repisa con los perfumes, el depósito de los cepillos de dientes: había solo uno. Todo estaba muy limpio, muy bien dispuesto. Un gorro de ducha con motivos florales hacía pensar que podía recibir ocasionales visitas del otro sexo. Destapó dos frascos azules, los olió. Entre el Richmond ‘X’ y el Blue Jeans de Versace, escogió el segundo. Sería bueno besar a un hombre que oliera así, pensó.

Orinó, descargo el inodoro. El ruido de la cisterna al vaciarse le hizo pensar que habría roto la concentración de Damián. Al salir, comprobó que este seguía ensimismado, golpeando el teclado casi con furia. Volvió a la sala. Al rato comenzó a escucharse cierto trasiego en la cocina.

Él comprobó la hora en su reloj de pulsera, a un lado del teclado. Las doce del día. Tenía hambre. La presentación estaba planteada. Sería cosa de pasarle la mano luego de la siesta, uno más entre los rituales que conformaban lo que él llamaba “mi adorable rutina”. Stella debía estar aún en el apartamento. La había olvidado.

No la vio en la sala. De la cocina ascendía un agradable olor a pescado a la plancha. Se asomó al comedor. Allí estaba, sentada a la mesa dispuesta para dos. Había filete de emperador, vegetales al vapor y dos rebanadas de pan integral. Ella hurgaba en su celular. Damián se sentó en su puesto habitual, en la punta, de espaldas a la ventana.

—Es tu silla; la única que está gastada.

—Creía que no tenías teléfono –dijo con cierto tono irónico. Ella levantó la vista. Sonrió.

—Teléfono sí, línea no. Estoy borrando mensajes viejos—puso el celular a un lado, distante de la jarra con agua; lo miró a los ojos--. Espero que no te moleste que me haya tomado ciertas libertades. Estabas tan concentrado que no me atreví a preguntar. Cociné lo que encontré. Doña María sigue sin aparecer. He llamado a su casa más de cien veces.

—No, está bien. Ya regresará. La pregunta es hasta cuándo vas a esperarla.

—Hasta que tú me digas que ya no puedo estar más aquí.

—Eso depende de qué tal seas como cocinera –bromeó.

Ella señaló los platos servidos:

—Esto lo hace cualquiera.

—A propósito –siguió con su tono de chanza–, seguramente llevas algunas horas sin comer nada. Te invito a almorzar.

Ella tomó el tenedor y se introdujo un generoso pedazo de pescado en la boca, lo saboreó. Aún sin dejar de masticar:

—Gracias.

—Hay arroz, papas, plátanos machos, quimbombó. Hubieras podido hacer otra cosa si te apetecía.

—Eres un hombre de hábitos sanos. Comes carbohidratos pocas veces.

—Ah, ¿sí? ¿Cómo lo sabes?

—Tus cuarentaicinco años están muy bien cuidados.

—Ahora eres tú la adivina.

—Vi tu edad en la cartilla de racionamiento. También noté que no has comprado la cuota de arroz en dos meses…

— ¿Y qué más sabes de mí? –el tono era de coqueteo.

—Que editas libros de arte, que vives solo…

—En cambio yo no sé nada de ti.

—No has preguntado.

—Porque presiento que no me dirías la verdad.

—Prueba.

—Dime tú lo que quieres que sepa.

—No soy escritora, no soy turista, no entiendo de arte, no conozco La Habana…

— ¿Lo que no eres te define?

—También a ti. No eres egoísta, no eres prejuicioso, no eres intolerante.

— ¡Vaya! Soy, por lo que veo, una joyita.

—No tanto. Eres maniático del orden. Y ninguna manía es buena.

Damián miró el reloj.

—Come, que se enfría. Está todo muy bueno.

—Ponle aceite de oliva a los vegetales.

— ¿Cómo encontraste la botella?

—Registré hasta el fondo del estante. ¿De quién la escondes?

—De mí. Es caro y me gusta mucho…

Comieron en silencio. Hasta ellos llegaban, atenuados, sonidos de otros apartamentos: ruidos menudos, el gorjeo de un niño, la voz de un locutor, jirones de música.

Terminaron. Damián se excusó:

—Lo lamento, no tengo nada de postre.

—Eso va por mí –dijo.

Ella fue a la sala para hurgar en su mochila; había una agenda, un bolígrafo, pañuelos de papel, un poemario de Gómez Jattin, una pistola Makarov, un frasquito con loción antibacteriana. Regresó con una barra de chocolate, maní y miel. La partió al medio, le ofreció una parte.

— ¿Cómo sabes que no soy diabético?

—Porque hay azúcar morena en los estantes.

Damián devoró literalmente el dulce. Ella lo saboreaba con fruición, mordía las esquinas; parecía una ardilla royendo una nuez.

—Deja así la mesa, Stella. Cuando me levante de la siesta friego y lo ordeno todo.

—Yo lo hago. De todas formas tengo que esperar.

— ¿María no tiene contestadora?

—Sí, ya le dejé un mensaje. Sabe que volveré a llamar.

— ¿Le dijiste que estás aquí?

—No. ¿Te hubiera molestado?

—Para nada. Dile. Así, si llega antes de que vuelvas a llamar, te vendrá a buscar.

Damián se paró. Stella jugaba con el cuchillo a colar un guisante entre dos cuadritos de zanahoria. Lo logró a la primera. Levantó los brazos y apretó los puños: ¡gol!, dijo en silencio.

—Disculpa. Sé que no es de la mejor educación, pero tengo que dormir, al menos, una hora. A la tarde debo inaugurar una muestra de pintura. Quedas en tu casa.

Fue al cuarto. Se descalzó, se quitó la playera a rayas y el short, y se tendió en el lado derecho de la cama, mirando a la pared donde colgaban las fotos de los hijos. Leyó en el reader tres páginas de un cuento de Kawabata. En diez minutos estuvo profundamente dormido.

Lo despertó un movimiento inusual debajo de la sábana. Stella estaba allí, acostada a su lado. Sintió el roce de sus piernas desnudas. Aunque se sobresaltó, intentó tomarlo con naturalidad.

—Ya pasó una hora –dijo ella.

— ¿Tan rápido? Estoy más cansado que cuando me acosté. Me duelen los hombros y el cuello.

— ¿Y por qué no mandas la inauguración a la mierda, y te dedicas el día a ti?

—No puedo. Es un compromiso. Quedaría mal con el artista, que es muy joven, y ha gastado hasta lo que no tiene para armar la exposición. ¿Qué hay con María?

—Se la tragó la tierra. ¿Quieres que te dé un masaje? Te puede aliviar.

—Me vendría de perillas.

—Siéntate en el borde de la cama por el lado de la alfombra, los pies tocando el suelo. Inclina la cabeza y deja caer los hombros.

Él obedeció. Ella se arrodilló en la cama, a sus espaldas, y empezó a frotarlo con aceite de jazmín.

—Antes de que me preguntes: encontré el aceite en el botiquín. Te vi tenso en el almuerzo.

Él no dijo nada. Se dejó hacer. Las manos de Stella, ciertamente, lo aliviaban, lo relajaban, aunque enervaban otra zona de su cuerpo.

— ¿Eres masajista?

—Entre otras cosas.

Ella estuvo tratándolo por unos quince minutos.

—Creo que ya está bien. Ahora date una ducha tan caliente como puedas soportar. Aplica el chorro en la parte adolorida.

—Bueno –respondió turbado–, vas a tener que darte vuelta. Creo que algo en mí se ha animado más de lo aconsejable para una sesión terapéutica.

—No te preocupes. Eso también tiene remedio.

Ella le mordisqueó una oreja, lo abrazó por los pectorales. Él logro virarse y cayeron trenzados en la cama.

Damián no se detuvo a pensar en lo insólito de la situación. De haberlo hecho, se habría paralizado. Y su cuerpo, justamente, había decidido lo contrario a la inmovilidad: pedía acción, chasquidos, erizamientos, espasmos…

Él fue a penetrarla a los pocos minutos, pero ella se lo impidió. Escuchó que le decía al oído:

—No seas impaciente. Podemos detener el tiempo, alargarlo. Tómame por partes, como hago yo contigo.

Ella lo besaba, lo auscultaba, lo respiraba, recorría con la lengua la hilera de vellos que, desde el pecho, bajaban hasta el vientre. Él la puso de lado y comenzó a morder suavemente la piel sobre cada una de sus vértebras, descendiendo sin prisa hasta llegar a las nalgas levemente pronunciadas, firmes, de color canela.

La muchacha gemía, se arqueaba como un gato cuando le pasan la mano por el lomo. Con un rápido giro quedó de frente a él, lo miró con insistencia a los ojos. Le tomó el miembro y comenzó a conducirlo como un lápiz por sus labios; luego, por los senos, el ombligo, las largas piernas. Él pensó: “se dibuja”; y la idea, junto con las intensas sensaciones que venía sintiendo, estuvo a punto de hacerlo estallar en lo profundo.

Resistieron media hora antes de llegar al clímax. Damián se hundió en cálidas aguas. Sintió que se abandonaba mar adentro, que la oscuridad de Stella era luminosa, que sus profundidades lo abrazaban, lo abrasaban.

La muchacha experimentó una sujeción, como si su centro de gravedad fuera fijado en ese punto. Pensó en una mariposa expuesta en una vitrina: se zafaba del alfiler, rompía el cristal, revoloteaba en torno a Damián, se posaba sobre los muebles, los cuadros, lo miraba –se miraba– gozar a distancia. “Esto debe ser muy parecido a la ternura”, se dijo.

Fue una batalla donde ambos ganaron. El mundo exterior volvió a hacerse presente en la penumbra del cuarto. Quedaron abrazados, dormitando en medio de caricias.

La Galería Habana queda en Línea y F, a un kilómetro corto de la casa de Damián. Intentaron tomar un taxi, pero fue imposible. Los ómnibus pasaban desbordados. Las cuatro de la tarde es hora pico: los trabajos y los centros de estudios recesan hasta el día siguiente. Decidieron ir a pie. Damián comentó que tendrían que avivar el paso. Ella se colocó delante. A él, menos en forma, le costaba seguirla.

Llegaron a tiempo. Ya la sala estaba colmada. Stella evitó las presentaciones, se escurrió entre el público; fue directo a las obras. Damián la seguía con la mirada. Después, lo de siempre: el audio defectuoso, calor, introducción innecesaria del director de la galería, agradecimiento torpe del artista, las palabras de Damián, que el intenso murmullo apenas dejaba escuchar. Los saludos, los abrazos, los chistes repetidos…

Él buscaba a Stella en medio del gentío. No la vio. Le costó desprenderse de colegas y amigos. Fue hasta el fondo de la sala. Ella no estaba. Tampoco en el pequeño portal. Se había desvanecido. Le pareció extraño. Pero, ¿qué no era extraño en esa historia?

Camino a la casa entró en un restaurante llamado Los Helechos, sobre la calle 6. Pidió en el bar aceitunas rellenas con anchoas y un Bloody Mary. Apenas comió, aunque el coctel si se lo bebió íntegro.

El apartamento había quedado organizado, pero las cosas estaban fuera de lugar. Las almohadas cambiadas, los perfumes en el baño sin el orden ascendente de los frascos; en el escurridor, los platos llanos mezclados con los hondos, sin concierto alguno.…

Se dispuso a pasar el resto de la noche leyendo una selección de cuentos de George Saunders. Antes de encamarse recordó que María podía llamar en cualquier momento, incluso tarde en la noche; no era una mujer que se distinguiera precisamente por su tacto. Decidió dejarle un mensaje para desactivar las llamadas de Stella. Como no conocía su número telefónico, le garabateó en una hoja de block dos o tres frases cordiales.

En la puerta del apartamento de la doctora halló una nota colgada del tirador con un cordelito rojo. Estaba fechada dos días atrás, el 22 de agosto. María decía que estaría una semana fuera, que los cobradores dejaran los recibos en el piso de arriba…

No durmió bien. En dos ocasiones se levantó por agua. Intentó retomar la lectura, pero no retenía el sentido de las palabras. Próximo al amanecer se quedó rendido. Veinte minutos después el despertador le recordó la cruda realidad.

Puso el café. Buscó la revista informativa en el televisor. Mientras la greca hervía realizó ejercicios de hombros y cuello frente a la pantalla. El hombre del tiempo decía que habría un día soleado, con temperaturas altas y chubascos en la tarde. No recordaba cuándo había comenzado con esa secuencia matutina. La rutina, se dijo, es una sucesión de actos agradables, pero sin memoria.

Se sirvió la primera taza del día. Hizo los estiramientos, las torsiones, de forma maquinal. Por momentos se mezclaban sus pensamientos con la voz del locutor.

“Stella, Izaran, Astéri, Svezdá…”, murmuró. Lo que correspondía a estrella en italiano, éuscaro, griego y ruso. Entonces la vio en la pantalla. Vestía traje verde olivo y boina negra con estrella al centro. Aparecía en segundo plano, entre Timochenko, Calarcá, Márquez y Catatumbo. Todos sonreían. Timochenko saludó brevemente a los periodistas congregados a la entrada del Palacio de Convenciones. Sí, la paz en Colombia estaba a punto de firmarse: más de medio siglo después de iniciado el conflicto, se abría una ventana para la esperanza. La cámara recorrió a los guerrilleros; se detuvo un instante en los ojos negrísimos de Stella. Damián advirtió un movimiento imperceptible, algo parecido a un tic o a un guiño. Pensó en localizarla. Sobre el televisor colgaba la pieza que a ella tanto le había llamado la atención. En la esfera se leía: Don’t look back.


Alex Fleites (Caracas, Venezuela, 1954). Licenciado en Filología por la Universidad de La Habana. Poeta, narrador, editor, periodista y curador de arte. Premio Nacional de Poesía “Julián del Casal”. Aparece antologado en importantes colecciones de poetas cubanos editadas en la Isla y el extranjero. Algunos de sus poemas y trabajos en prosa han sido traducidos al ruso, francés, búlgaro, servio, italiano, alemán, portugués, inglés, moldavo, chino, finlandés, cebuano y vietnamita. Es autor, entre otros, de los poemarios Un perro en la casa del Amor (2004), Omnibus de noche (1995), De vital importancia (1989) y A dos espacios (1981), todos publicados en La Habana por la Editora Unión. La violenta ternura (Ed. Letras Cubanas, 2006) es una antología personal de lo más significativo producido en treinta años de ejercicio poético. Alguien enciende las luces del planeta (2015) es el título de otra nutrida antología publicada por la Universidad Veracruzana. Su libro de relatos Canta lo sentimental apareció en 2011 bajo el sello editorial de la Universidad Veracruzana, México, y la segunda edición vio la luz en la colección Contemporáneos de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC), en 2012; además cuenta con una edición española: Guantanamera, 2016.