Manuel Sosa, es un poeta y ensayista cubano. Nació en Meneses, Sancti Spíritus, Cuba, en 1967. Se graduó en Lengua Inglesa, y ejerció como profesor universitario hasta 1998, año en que emigró de Cuba. Escribió para revistas y periódicos de la isla, sobre todo reseñas de libros y temas culturales. Sus poemas han aparecido en antologías cubanas, mexicanas, chilenas y norteamericanas. Ha residido en Toronto, Charlotte y Atlanta, y en esta última trabaja desde el 2000 como supervisor de servicios sociales.

Dos versiones a John Updike



1-Quemando basura


Por las noches —la luz apagada, el filamento

libre de su carga quemadora de átomos,

su esposa dormida, su respiración sumergiéndose

para tocar un suelo cenagoso—él pensaba en la muerte.

La casa encumbrada de su suegro le dio tiempo

para que sintiese la nada que acechaba como una lámina

impoluta de espejo detrás de su futuro humano.

Tenía dos consuelos que podía entrever, sólo dos.


Uno era la feliz plenitud de casi todas las cosas:

piedras macizas y nubes, vainas rebosantes, el suelo

ofreciendo resistencia a sus rodillas y manos.

El otro era quemar la basura de cada día.

Le gustaba el calor, el peligro artificial,

y la manera en que, según iba arrojando noticias viejas,

cordel, servilletas, sobres, y vasos de papel,

las lenguas hipnóticas del orden intervenían.


2-Vuelo al limbo


La fila no avanzaba, aunque no había

mucha gente en ella. Bajo una luz mortecina

la empleada atendía paciente, en silencio, interminablemente

a una aturdida y numerosa familia compuesta

lo mismo por gemelitos en sus coches que por una vieja

en su torcida silla de ruedas. Su equipaje

estaba todo en cajas de cartón. El vuelo andaba atrasado,

se decía en la fila. Nos encogimos de hombros,

sumergidos en nuestros alicaídos sobretodos. La aviación

nunca había sido una idea muy natural.


Niños hastiados flotaban con caras lívidas.

Las muchachas de las tiendas permanecían petrificadas

entre las promesas de una hermosa vida extranjera.

Louis Armstrong se oía desde algún rincón en lo alto,

un hilo de gozo oculto.

Afuera, inmersos en la oscuridad ininteligible

que se estiraba para acoger los rubíes del centro comercial,

monstruos alados rondaban buscando las puertas

donde habrían de enterrar sus hocicos de koala

y extenuar nuestras dinamos.


Los muchachos de anchas camisetas y gorras invertidas

sonaban sus pies con ostentación

mientras los mozos de seguridad reían

y la voz de un ángel perdido graznaba melodiosamente

las regulaciones de la FAA. Mujeres vestidas con saris

y kimonos arrastraban, cual castigo, sus criaturas

sujetas a ositos de peluche occidentales,

y las patas de las sillas chirriaban en el comedor

mientras espectros mal pagados limpiaban los círculos de la noche

contra el suelo impasible.