Manuel Pereira

¿Por qué será que son mujeres las que se sienten fascinadas por una bella atraída por un monstruo?

¿Acaso el instinto maternal es una fuerza tan poderosa que incluye la pasión o la ternura incluso por un engendro? ¿Cuál es la fuente más remota de este drama universal? Sin duda, el mito de Galatea y Polifemo, donde el cíclope se enamora de una hermosa nereida. Una fábula minoica nos cuenta que la princesa Pasifae se enamoró de un toro blanco con quien engendró al Minotauro. Otras zoofilias mitológicas evocan a Zeus transformado en toro para raptar a la fenicia Europa o convertido en cisne para copular con la reina Leda… Esta radiante teratología tendrá su correspondencia cinematográfica a partir de 1922 con Nosferatu, de Murnau. Los filmes de vampiros seduciendo a las jóvenes más agraciadas se multiplican rápidamente y, aunque todo esto proviene de Drácula, ya un cuarto de siglo antes de la famosa obra de Bram Stoker, la bestia adoptaba la forma de una vampira lésbica en Carmilla, de Sheridan Le Fanu: novela inspirada en las verídicas atrocidades de la condesa húngara Báthory, quien se bañaba en la sangre de sus víctimas para mantenerse joven. Por cierto, Carmilla, llevada al cine por Dreyer en 1932, también influyó en el cine mexicano con Alucarda (1978), de Juan López Moctezuma. Los monstruos siguen pasando de las letras al cine. En la última obra de Shakespeare asistimos al intento de Calibán de violar a Miranda. En Nuestra señora de París (1831) Víctor Hugo describe la pasión del jorobado Quasimodo por la gitana Esmeralda, argumento que se renueva —sin tanto talento— en El fantasma de la Ópera, novela de Gastón Leroux, y que reaparecerá en la película King Kong (1933), además de en múltiples secuelas y remakes.

¿Amor o lástima? ¿No será que la compasión es el camino que conduce más rápido y directo al amor? Hay mucho de surrealismo onírico en este bestiario, pero también hay erotismo, como demuestra en otro contexto cultural una xilografía japonesa de Hokusai (1820) donde una pescadora de perlas es poseída por un enorme pulpo voluptuoso. Lo interesante es que ella no opone gran resistencia. No parece luchar. Lánguida, parece dormir, acaso desmayada. Mórbidamente esta pescadora (¿pecadora?) está exactamente en el límite extremo entre el dolor y el placer, entre el amor y la muerte.

En estos avatares libidinosos no puede faltar la película Freaks (Tod Browning, 1932) donde el diminuto Hans se enamora de la trapecista Cleopatra, quien se dejará querer por el enano sólo para quedarse con su fortuna. Otro filme con bella y bestia es El hombre lobo (George Waggner, 1941) protagonizada por Lon Chaney Jr. En El monstruo de la laguna negra (Jack Arnold, 1954) una criatura anfibia se encapricha con la joven Kay (Julie Adams). La relación erótica del enorme batracio con la joven nadadora es un clásico injustamente olvidado, aunque recientemente ha tenido remakes más o menos disimulados. «Es una pena que acabe así el monstruo», dice Marilyn Monroe en La comezón del séptimo año (Billy Wilder, 1955), poco antes de que una ráfaga de aire expulsada por la rejilla del metro le levante la falda. Entonces Tom Ewell comenta: «¿Y qué quería usted, que el monstruo se casara con la chica?». Ella explica: «daba la impresión de que es malo, pero en el fondo no es tan malo. Le faltaba un poco de afecto, es decir, saberse amado, deseado, necesitado». Aquí Marilyn da de lleno en el clavo: sublimación del instinto maternal desplazado hacia el amor al monstruo.

Pareciera que esta genealogía de monstruos quiere redimirse a través del amor. Pero el denominador común de estas historias —salvo excepciones que confirman la regla— es el amor imposible o frustrado. Por ejemplo, en La novia de Frankenstein, (James Whale, 1935) Elsa Lanchester grita cuando Karloff le acaricia la mano. El feo asusta a la fea en un eficaz golpe de humor negro. Claro que ella será siempre menos fea que él, a pesar de sus cicatrices y de su gótica cabellera electrizada.

En El hombre elefante, (David Lynch, 1980), una actriz visita al hombre de cabeza deformada, lo besa y le dice: «usted no es el hombre elefante, usted es Romeo». Lo mismo ocurre cuando Kim se enamora de El joven manos de tijera (Tim Burton, 1990). En El gabinete del Doctor Caligari (Robert Wiene, 1919), el sonámbulo Cesare está a punto de matar a la joven que duerme, pero cuando descubre su belleza, suelta el cuchillo y decide que es mejor raptarla.

¿Quién es el monstruo en El ángel azul, de Josef von Sternberg? ¿La cantante (Dietrich) o el adiposo Profesor Basura? En La mosca (tanto en la original de 1958 como en el remake de 1986) dos bellas —esposa y novia respectivamente— están abrumadas porque el hombre al que aman se ha convertido en un insecto tecnológico. En la película sueca Déjame entrar (Tomas Alfredson, 2008) la bestia es una niña deliciosamente atroz.

Así, pues, la abuela maldita Leprince de Beaumont generó una saga de bellas enamoradas de bestias, que llega hasta nuestros días, tanto en letras, como en dibujos animados, cine, etc…


Manuel Pereira (La Habana, 1948)

Discípulo de José Lezama Lima, amigo de Julio Cortázar, Alejo Carpentier y Wifredo Lam.

Es novelista, ensayista, traductor, crítico literario y de artes visuales, periodista, profesor, pintor y guionista cinematográfico.

Ha publicado las novelas: El Comandante Veneno, Arte y Literatura, La Habana 1977; El Ruso, Letras Cubanas, La Habana, 1980; Toilette, Anagrama, Barcelona, 1993; Insolación, Diana, México D.F., 2006 y reeditado por Bokeh, Holanda, 2015; Un viejo viaje, Textofilia, México D.F., 2010 y reeditado por Linkgua, Estados Unidos, 2011; y El beso esquimal, Textofilia, México D.F., 2015.

Entre otros, también son de su autoría el libro de cuentos Mataperros, Algaida, Sevilla (Premio Internacional Cortes de Cádiz 2006), y reeditado por Textofilia, México D.F., 2012; y los ensayos La prisa sobre el papel, Ciencias Sociales, La Habana, 1987; La quinta nave de los locos, Unión, La Habana (Premio Nacional de la Crítica 1988); Biografía de un desayuno, Porrúa, México D.F., 2008; El ornitorrinco onírico, Arteletra, México D.F., 2010; y El ornitorrinco y otros ensayos, Textofilia, México D.F., 2013.

Actualmente publica en su blog Manuel Pereira: El azogue de La Habana Vieja, que se puede visitar en manuelpereiraazogue.blogspot.com.