Hector Reyes Reyes

Crónicas errantes.



etapa rusia

No quería ni pensar en aquel invierno. Como los homeless que días antes había fotografiado, acuclillados, inmóviles, frente a la boca de salida de los calefactores en los multifamiliares. Ese plan sería el extremo de mi estancia, pero sin dudas efectivo contra el congelamiento.

Entonces recordé la leyenda de un amigo que vivió en el metro de Madrid. ¡Coño, el metro de Moscú!

Moscú. Invierno de 2014

Etapa Rusia. Moscú. Mi despedida madrileña fue muy callejera. Había conocido a una tropa de músicos callejeros; y nos armamos un botellón cerca del aeropuerto. Botellón con todo lo que nosotros los viciosos, solemos botellar. De nada sirvió que yo les afirmara que lo mío era la cerveza; la maría estaba al bote. Como todo viajero organizado –porque lo soy– llevo mi mochila compartida en espacios para cada cosa y que esta quepa exacta. Mi FORCLAZ 50 se traga normalmente un paquete de ropa, un paquete de equipos, un paquete de documentos y la mochila de supervivencia. A veces, en los aeropuertos del mundo, me han cuestionado esa organización porque no entienden que hace un hacha en mi mochila de supervivencia. No siempre llevo el hacha y si la llevo, cargo también una respuesta contundente sobre su finalidad e importancia en el viaje. Al llegar a Moscú ya tenía todo listo, organizado. Había salido mi FORCLAZ de las primeras; y ya hacía la fila de entrada a migraciones cuando el sobrino nieto de Nikita Kruchov, uniformado de oficial de aduana, me hizo un gento internacionalmente conocido de acompáñeme y abra su mochila. Con tremenda pasta me dispuse a desarmar mi micro departamento como cuando la PNR me requisaba el equipaje en el tren espirituano. Un paquete de ropa, un paquete de equipos, un paquete de documentos y mi mochila de supervivencia –sin hacha– Todo ordenado y concreto frente a la mirada escrutadora del camarada Pachenko. Algo no andaba bien. El ruso me miraba demasiado. Yo lo miraba transgresor. El tipo miraba mi mochila y yo miraba al ruso. Así por un par de minuto, hasta que una señal internacional me orientó que continuara. No le di importancia alguna a esa miradera porque mi FORCLAS contenía tierra de las ciudades españolas recorridas. Por tanto, me fui a vaguear por Moscú sin pensar en aquel incidente menor en mi colección de problemas de viaje. Al llegar al hostal comencé a desarmar mi equipaje y como todo viajero organizado –porque lo soy– descompartí los espacios. La mochila de supervivencia, paquete de documentos, paquete de equipos, paquete de ropa, ¡paquete de marihuan…! Y quedé estupefacto frente al paquete de cripi que salió de uno de los compartimentos. ¡Manda pinga! Había desembarqué en Rusia portando marihuana española (o de Marruecos por lo buena que estaba) y estuve a punto de caer preso en una cárcel moscovita por el chiste de unos callejeros que no me creyeron que yo no hago drogas. Pero estaba allí, era Moscú y hacía frío. Ya había entrado a territorio eslavo…y sería una lástima echarla al inodoro.

Etapa Rusia. Moscú. Llegué a al aeropuerto Domodévodo en la madrugada. Sin ver un mapa, me dispuse a caminar hasta la Plaza Roja, en el centro de la ciudad. Tenía una reserva para el Hostal Napoleón y quería llegar antes del mediodía. Estaba expectante por salir. Pero, cuando se abrieron las puertas, un opercut de menos nueve grados abofeteó mi cuerpo. ¡Qué frío! Había llegado a Moscú bajo el mando del “General Invierno” y yo aún no sabía qué significaba aquello. Convenir con los taxistas un precio me resultó imposible. No entendía los rublos y solo tenía dólares que no acepta la mayoría de la independiente Rusia. Me dispuse a caminar. Como un cosaco marché aquellos 46 km en casi 10 horas. Imposible llegar al mediodía. A pesar del frío, mi primera vez en la nieve, y la distancia; disfruté el trekkin moskovita. A lo largo del camino los paisajes se me hacían familiares. Puentes, fábricas, edificios de departamentos que recordaban al mío, en La Vigía. Pero, para nada era la soleada Santa Clara. Entonces recordé de dónde mi memoria sacaba tanto plano, tanta imagen, tanto Moscú. Y es que soy de esa generación criada por los “muñequitos rusos” dibujos animados de la Soyuzmultfilm. Deja que te coja, Chivurazka, los tres de Leche Cortada; mis amigos de infancia cuando me prohibían salir a corretear al barrio. ¡Coño claro! Esto me recuerda al niño que se pierde en la ciudad y no hay nadie para indicarle como llegar a casa. Yo andaba como él con la única pista de una avenida con nombre yanqui–japonés y seguirla al noroeste. Fueron precisamente los muñequitos rusos los que me dieron más ánimo para seguir. Era largo el tramo y cansada la marcha. Recordé a franceses y alemanes intentando tomar Moscovia. Difícil empresa. Lo sé en pata propia; pero yo iba feliz por estar en la cuna de la Soyuzmulfilm. Ni la nieve, ni el río, ni el paisaje gris me dieron tanto ánimo cuando, tras atravesar un helado puente encontré una valla de publicidad en la que pensé vería anunciando Coca Cola o su versión eslava y di de bruces con algo que les encantaría a muchos de mi generación. Allí, bajo el frío, junto al Moscovia, una publicidad anunciaba aún la imagen de mis únicos amigos en Moscú. Deja que te coja, Chiburaska y los de Leche Cortada parecían dar la bienvenida a este viajero en aquella Moscú fría y deshabitada que en nada se parecía a la soleada Santa Clara.

Etapa Rusia. Moscú. Desde el Hostal Napoleón bajamos la calle Maroseica hasta el bar “Propaganda”. El mallorquín que me acompañaba estaba tan perdío como yo en la capital rusa, pero era nuestro primer tour de bares en Moscú. Maroseika, Caribe, el Propaganda y finalmente, un PUB irlandés a pocas cuadras. En cada uno el mallorquín y yo hacíamos galas de destreza el conocido deporte de levantamiento de codos. Cervezas, vodka, tequila…yo quería probarlo todo y estaba seguro de que el wiski irlandés me iba a encantar. Pero como mi vida no es fácil ni en una noche de tour de bares, había un obstáculo que atravesar, el gorila de la entrada. Que digo yo gorila…el oso ruso de la entrada. Cuando llegamos con etílicas sonrisas fui detenido en la entrada por una mano, que digo yo una mano; una garra que me prohibía el paso mientras vociferaba –you are chechenian. ¿Whatyoufrom? Imaginé que el oso me iba a levantar en peso y a sacarme a patadas del bar seguido por los nacionalistas rusos que estuvieran cerca. Ni idea qué tengo que ver yo con los chechenos, pero sí sabía de primera mano el odio ancestral que se tienen ambos pueblos. Recordaba la invasión a Chechenia y las bombas puestas por los insurgentes chechenos en pleno centro moscovita en tiempos de Boris Yeltsin. La cosa estaba negra, pero me puse cubano. −Qué chechenian de que. ¡Yo soy de Cuba, Cuba! ¿Entiendes? ¡CUBA! −Your Passport! You are chechenian… ¡Manda Pinga! con lo de chechenian pensaba yo. Cómo le explico al ruso este que soy cubano. Y en esa discusión estaba, renegándome a mí mismo por haber dejado mi pasaporte en el hostal…cuando se me ocurre decirle al tipo algo así: − ¡Asere! Yo soy CUBANO, como… la Guantanamera… Por un segundo cambió la cara del ruso que empezó a tararear −Guantanamera…guajira guantanamera… − y continuó cantándola como si fuera una versión Kodiak de Joseíto Fernández. –Yes! You are cubano…Mi amigo cubano! Y desde ese entonces tengo un amigo oso ruso que canta mejor que yo la Guantanamera.


Etapa Rusia. Moscú. Maroseika. Para yo ser un viajero tengo tremendos problemas de orientación y me pierdo en una manzana. Si me perdía en mi barrio, cómo no lo iba a hacer en Maroseika, concurrida calle cercana a la Plaza Roja. Cómo no me voy a perder, de noche, borracho de vodka hasta los cojones y padeciendo de amnesia etílica por lo que casi nunca recuerdo todas las historias. Pero esta me martilla cuando ando borracho en zona desconocida. Por suerte, mi GPS es tan curda como yo, y no falla– Tanto, que he regresado directo desde Puerta de Alcalá, a la calle Montera, en Madrid; o a aquel recoveco de pasillos y escaleras medievales en Toledo; incluso al backpakers del barrio musulmán en Camboya. Nada que mi GPS funciona mejor como un borracho conocido, que como un alcohólico inservible. Aquella noche moscovita iba yo por la tercera botella de vodka y ya era tarde. Recuerdo, molesto por la nieve que se pegaba a las botas y me impedía huir del bajo cero que dice “aquí estoy” y literalmente se pone a chiflar al mono. En mi mega peo no tomé Maroseica y torcí por un oscuro callejón que cada mañana circundaba porque daba miedo. Pero, que cojones, el alcohol da cojones a los borrachos y eso hice. Craso error. La anécdota que continua no la relato yo, sino mi subconsciente: Salió un ruso y en el mejor eslavo que haya escuchado nunca me puso una pistola en la cabeza y dijo clarito, clarito: –No entres al callejón… Y no lo hice. Porque dejémonos de comepingancias, mis 55 kg no son especialistas en combate; mi 1.67 de estatura no le da miedo ni a Dios y encima, acotemos los grados de alcohol en sangre…puaf. Batalla perdida. Y no olvidar el detallito de la pistola. –Como tú digas tabarish, lo mío es beber vodka, debí haber contestado. Y ni puta idea que pasó en el callejón de una de las zonas más seguras de Moscú, cerca de la Plaza Roja. En la vida real no era mi problema y tampoco si los tiros los soñé o fueron reales. Como una buena borrachera me dura un día entero, cuando desperté sobre la tarde, solo pensaba en seguir bebiendo, pero me cuidé de no regresar a comprar vodka utilizando el callejón oscuro que de día daba miedo y de noche me deparaba rusos gigantescos que me ponían timbres en la cabeza. Solo recordaba que había entendido clarito clarito. ¡No se puede pasar! Y continué mi camino con la realidad que estaba en Rusia; allí nadie es familia mía. Y si me desparecían a balazos no me iba a encontrar ni Dios.

Hector Reyes Reyes (Cuba, 1979) Licenciado en Periodismo. Especializado en Estudios Audiovisuales. Ha trabajado como fotoperiodista, realizador de video, redactor reportero, editor, profesor de literatura y freelance.